La Virgen en el hogar

La fiesta de la Anunciación conmemora la humilde y ferviente respuesta que María dio a Dios: FIAT… ¡SÍ! Es la fiesta del consentimiento de la Virgen a la inimaginable proposición divina. Es la fiesta del amor, cuya expresión perfecta es ese SÍ breve, discreto y poderoso, por el cual el alma se entrega, por el cual el alma es tomada. Es el SÍ de la Esposa al Esposo, el consentimiento gozoso y grave, por el cual el corazón se entrega, cede todo el lugar a la otra Presencia: María dijo SÍ a Dios y el Verbo se hizo carne en su seno.

Antes de ese día, el mundo vivía bajo el signo del «rechazo», del «no» opuesto por Adán y Eva a la voluntad divina. En la persona de estos lejanos antepasados, en efecto, la humanidad había roto la alianza primitiva y había preferido divinizarse a sí misma antes que someterse al Señor. Entre el «sí» y el «no», había optado por la palabra del rechazo.

En la Anunciación, es la humanidad la que se convierte a Dios. Una mujer la había arrastrado a la rebelión; otra la encamina por la vía de la sumisión. El «no» orgulloso había expulsado a Dios, el humilde «sí» lo llama y lo acoge. En adelante, la palabra que es la del amor, será escuchada de nuevo en esta tierra. María da el ejemplo y obtiene que la gracia del consentimiento sea ofrecida a todos los hombres. Todos aquellos que hayan dicho SÍ a Dios —ya sean del Antiguo o del Nuevo Testamento— serán sus hijos. Pero fue necesario su SÍ para que todos los demás, cuya alma secreta y vibrante es el suyo, se hicieran posibles.

Toda la vida de la Virgen-Madre, comprometida por el SÍ de la Anunciación, fue una continua ascensión de amor. Así pues, es junto a ella donde los hogares cristianos aprenderán a pronunciar una primera vez, y luego toda su vida, el SÍ que es el alma de su amor. Es María, la humilde sierva del consentimiento, quien enseña a sus almas cómo se repite y cómo se vive cada día el SÍ del primer día; cómo, en el silencio del amor —pues María «conservaba todas estas cosas en su corazón»—, la ardiente llama del primer SÍ permanece bien viva, llama exigente que no acepta las cenizas, sino que más bien las devoraría, a fin de vivir más ardiente y más alta. El amor solo es verdadero si persevera. Más aún: solo es verdadero si crece, si se vuelve más puro y más absoluto. Su perfección no está en la alegría de ese SÍ primaveral que los labios intercambiaron por primera vez; está en la plenitud cargada de sus frutos, al final de la estación, después de muchos trabajos, penas y fatigas. Son los SÍ de la vejez al atardecer de una vida de fidelidad, los que expresan el consentimiento perfecto de dos seres el uno al otro y culminan esa unión que es su obra y su recompensa.

Ese SÍ del final de los días ya no es esa palabra resplandeciente, esa afirmación vehemente del joven amor. Es grave, es una palabra del corazón a la que asusta el ruido de las palabras, palabra misteriosa que el mayor pudor de un amor más santo solo pronuncia en voz baja. «… Dichosos dos amigos que se aman lo suficiente, que quieren complacerse lo suficiente, que se entienden lo suficiente, que son lo suficientemente parientes, que piensan y sienten lo suficientemente igual, lo suficientemente semejantes por dentro, cada uno por separado, lo suficientemente iguales, cada uno junto al otro, que disfrutan y experimentan el placer de callarse juntos, de callarse uno junto al otro, de caminar largo tiempo, largo tiempo, largo tiempo… de ir, de caminar silenciosamente a lo largo de los silenciosos caminos. Dichosos dos amigos que se aman lo suficiente para callarse juntos en un país que sabe callarse…» (Péguy).

Ese «país que sabe callarse», ¿no evoca irresistiblemente el hogar del SÍ perfecto que fue la casa de Nazaret, que fue y es siempre el corazón de María? Es interrogando sobre su misterio a ese hogar del Amor donde los esposos terrenales aprenderán el secreto del SÍ verdaderamente cristiano, sin lentitudes ni reticencias, fiel y constante, del SÍ de las horas de ansiedad y de las horas de alegría, del SÍ que consiente al otro, a todo el otro, al otro tal como es, del SÍ respondido a esas peticiones que comprende y a esas exigencias que no comprende, del SÍ que participa en las alegrías y asume las penas, a ejemplo mismo de Cristo y de la Virgen de la Compasión, del SÍ de toda abnegación, sin avaricia ni reticencia alguna. «Quiero aprender con Dios a ser esa cosa toda buena y toda entregada que no reserva nada y a la que se le toma todo» (Claudel).

No solo la Virgen enseñará a los esposos a vivir ese misterio del SÍ, de un SÍ siempre más pleno, sino que les revelará primero que nadie puede decir SÍ, verdaderamente, a otro si no ha dicho primero SÍ a Dios. Porque quien consiente a Dios, recibe en herencia las riquezas del amor divino y puede decir con toda sinceridad: «La fuerza por la cual te amo no es diferente de aquella por la cual existes» (Claudel). Es el amor mismo de Dios el que pasa por su corazón para alcanzar otro corazón. Que consienta más plenamente, que se abra más ampliamente y el amor divino será en él una fuente manante, inagotable.

Si es cierto afirmar que hay que consentir primero a Dios antes de decir SÍ a otro, hay que añadir que ese SÍ dicho al otro, renueva el consentimiento a Dios. Así, entregarse a su cónyuge —para unos esposos cristianos— es entregarse a Dios y es al mismo tiempo transmitir a aquel a quien se ama las gracias que se han recibido de Dios para él; abrirse a la presencia del otro, es acoger en sí la vida divina de la cual es portador y que nos ofrece; ya se posee ciertamente, pero ¿no puede siempre desarrollarse? El amor viene de Dios, va a Dios y solo puede vivirse perfectamente en Dios. Quien repudia el amor divino, ignorará siempre la plenitud del amor humano, piense o diga lo que diga. No se ama verdaderamente fuera de Dios. Es imposible para los esposos eludir la presencia divina. «Los amantes nunca están solos, escribe G. Thibon; si Dios no está en ellos para unirlos, está entre ellos para separarlos». Esta presencia hace la alegría de los esposos cristianos, pues saben que no solo no es celosa y no les impone moderar su amor sino que les hace un deber amarse siempre más, tanto más cuanto que los fortalece y los ayuda en esta difícil y magnífica empresa. Y cuando, en las horas sombrías, ya no ven el camino, cuando la gran presencia divina los intimida, les queda recurrir a la muy cercana y muy tierna presencia de la Virgen María.

El hogar también, como cada uno de los esposos, debe decir SÍ a Dios. El corazón del hogar, ese corazón nuevo, único, surgido de esos dos corazones que se han entregado el uno al otro, debe consentir a Dios y entregarse a él. Entonces, el SÍ que el amor dice a Dios y que renovará muchas veces, llama a ese sí de Dios que se convertirá en fuente de vida en el hogar, río de vida más tarde, y suscitará a lo largo de los siglos un pueblo de hijos de Dios. Porque el hogar ha dicho SÍ, la vida está en él, sale de él y va a fecundar la tierra, Misterio muy cercano al de la Anunciación. La Virgen ha engendrado la Cabeza, el hogar engendra los miembros. El hogar conoce con asombro que uniendo su SÍ al de María, colabora con ella y contribuye a dar el Cristo al Padre y a los hombres.

Importa sin embargo señalar que los padres solo transmiten la vida natural y que su SÍ dicho al Dios creador, debe ir acompañado de un SÍ dicho al Redentor presente en su Iglesia. Humildemente, convencidos de su indigencia, deben venir a solicitar para su hijo esa vida divina que la paternidad humana no puede dar, pero que la Iglesia posee y que comunica por los sacramentos y en primer lugar, por el primero de ellos: el Bautismo.

Presentar un hijo en la pila bautismal, es iniciarlo en el consentimiento, es ponerlo ya en disposición de SÍ respecto a Dios. A partir del bautismo, toda la educación del hijo va a consistir en enseñarle la palabra del amor.

Es enseñando al hijo a decir SÍ a su padre y a su madre, como se le iniciará en esa vida de consentimiento a las voluntades divinas. La banal observación a un niño bien educado: «No se dice no», es infinitamente rica en sentido. Enseñar al hijo a no rechazar y a no cerrarse, enseñarle la obediencia pronta y gozosa, la entrega de sí sin regateo, hacerle descubrir y vivir la alegría del consentimiento a sus padres, es ya encaminarlo por etapas a esos consentimientos que Dios le pedirá —y es ya hacerlo consentir a Dios, del cual su padre y su madre son los mandatarios. El hijo es encaminado en la vía del consentimiento a Dios por la docilidad hacia sus padres. A veces estos experimentan una angustia al pensar que enseñando al hijo a decir SÍ a Dios, se obligan ellos mismos de antemano a decir SÍ a esas llamadas de Dios que se lo quitarán. Pero su inquietud se apacigua contemplando a la Virgen de la Anunciación. Ella también presentía bien que un día Dios llamaría a su Hijo lejos de la apacible casa de Nazaret, para enviarlo por los caminos de Palestina y entregarlo a las multitudes —que un día Dios lo convocaría al Calvario y al Monte de la Ascensión— y que el SÍ del Hijo exigiría el pleno consentimiento del corazón de la Madre.

Junto a ella y como ella, los padres verdaderamente cristianos comprenden que su hijo no es para ellos. Hay fiesta en su corazón, por desgarrado que esté, el día en que el hijo, preparado por una educación cristiana, responde con un SÍ generoso a la vocación que Dios le manifiesta.

Propongo a los hogares invocar a NUESTRA SEÑORA DEL SÍ. Es ella, esta madre consentidora, si la quieren íntimamente presente en su morada, quien les enseñará el consentimiento y quien velará por su amor.

¿Por qué, en los hogares cristianos, no se tendría una devoción más ferviente por el ÁNGELUS, oración preferida de NUESTRA SEÑORA DEL SÍ? Como campanas gozosas, el Ángelus, recitado tres veces al día, haría recordar a unos corazones amenazados de endurecimiento guardar preciosamente esa juventud de alma que siempre responde SÍ a Dios, a ejemplo de María.

En la fiesta de la Anunciación, 1945.

Henri Caffarel, L’Anneau d’Or, n.º 2-3-4