Vigilia en Nazaret

José y María se aman. Y se aman con ese amor que unos años más tarde san Juan elogiará, designándolo con el término griego de ágape (caridad); ese amor de Dios por el hombre y que se convierte en amor del hombre por Dios, cuando Dios se lo comunica.

El ágape tiene esta característica, nos enseña san Juan, que siempre tiende a expresarse y a manifestarse. Por lo tanto, debemos pensar que los esposos de Nazaret conocen esas horas de intimidad en las que cada uno expresa lo más profundo de sí mismo y traduce en pobres palabras terrenales lo que, en su oración, ha vislumbrado de Dios.

Y he aquí que entre José y María, compartiendo por amor sus riquezas espirituales, surge poco a poco la gran Presencia. Ella los cubre con su «sombra». La «sombra» que había reposado sobre el Arca de la Alianza, envolvió a María el día de la Anunciación. «Ubi caritas et amor, Deus ibi est». Su alegría es inmensa y serena, al abrirse juntos y comulgar juntos en el conocimiento de Dios.

Y sin duda le sucede a José ver a María dejarse invadir por la Presencia, le parece que es transportada a otro mundo. Ella está allí, pero, al mismo tiempo, y es evidente para José, está infinitamente lejos. Por la paz de su rostro —a decir verdad, mucho más que una paz, es la serena felicidad eterna de Dios que se transparenta en un rostro de mujer maravillosamente puro— él adivina, presiente el misterio que se vive en el alma de su esposa.

A su vez, José se siente absorbido por su Dios. Es como si se alejara poco a poco: lo que le rodea, la propia María, desaparece. Dios se vuelve tan intensamente real, presente, se impone con tal evidencia a su mirada interior, que fuera de Él ya nada existe. La inmensa, la infinita soledad de Dios ha engullido a José.

Unos años más tarde, Jesús dirá que hay que «dejar», «odiar» padre, madre, esposa y hasta la propia vida; José lo experimenta en esos minutos intensos: ya nada existe, ni siquiera él mismo. Aquello a lo que aspiran todos los místicos de todos los siglos: aniquilarse, pero en Dios, es lo que él vive. ¡Qué lejos está de María! ¡Qué lejos está de sí mismo! Solo con el Solo. No, más allá, perdido en el Solo. Solo Dios es: José está en Él, Él está en José.

Todo asombrado, José se encuentra junto a María: la noche ha caído, lo baña todo, él percibe a su prometida, siempre inmóvil, como iluminada desde dentro. Lo que Juan el Bautista dirá pronto, José lo experimenta frente a aquella a quien Dios ha arrebatado: «El que tiene la esposa es el esposo; pero el amigo del esposo, que está allí y lo oye, se alegra mucho con la voz del esposo. Tal es mi alegría; ahora es perfecta» (Jn 3, 29).

He aquí que María abre los ojos —pozos de claridad—, mira a José, sonríe. Él se pregunta si esa sonrisa, si ese resplandor de inmensa ternura, se dirige realmente a él o si no es más bien a ese Dios que, sin duda, aún no ha abandonado su mirada interior.

Pero es a él, es su nombre el que está en los labios de aquella a quien de repente ama con un amor como nuevo, de esa prometida que le llega del país de Dios, bañada de luz. Surgen en él las palabras del pastor en el Cantar de los Cantares: « Toda hermosa eres, amada mía. ¡No hay en ti defecto alguno! » (4, 7)

¿Cuál es, pues, ese Dios celoso que pide «odiar» todo, dejarlo todo, para sumergirse y perderse en el desierto de su Trascendencia, y que suscita entre estos dos seres un amor tan perfecto? Él sabe bien que al amarse así el uno al otro lo encontrarán de nuevo. «Todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios» (1 Jn 4, 7). Y la gran soledad los volverá a atrapar.

José y María solo se aman para ayudarse mutuamente a penetrar más profundamente en la Soledad divina. Lejos de ser una pantalla —por transparente que sea— cada uno es, para el otro, profeta del Dios celoso, invitando al otro a hacerse holocausto, a arrojarse al fuego devorador de la Presencia.

Henri Caffarel, Cahiers sur l’oraison, n.º 86