Presencia de María

Para comprender el lugar de María en nuestra vida de oración, primero hay que considerar la oración de María. Sería presunción pretender inmiscuirse en la intimidad de amor entre el Dios infinitamente perfecto y la Virgen purísima: es un Santo de los santos inviolable; solo se puede permanecer en el umbral, adorar, callar. Pero no está prohibido, sin violar el misterio, intentar vislumbrar algunos aspectos de esta oración de la más santa de las criaturas.

Y sobre todo no piensen en la oración de María como en una realidad alejada en el tiempo y en el espacio. Nada es más actual y está a nuestro alcance. En presencia de la Altísima Majestad, ella, la pequeña hija de los hombres, adora —recojámonos, rozamos el Misterio… Y después canta, canta un purísimo canto de alabanza a Aquel que se dignó inclinarse sobre su pequeñez y hacer en ella y por ella grandes cosas. Atrevámonos a acercarnos, a deslizarnos en su oración como quien penetra en la penumbra de una capilla.

Ella reza por sus innumerables hijos, o más bien reza en su nombre, pues es una manera excelente de rezar por aquellos a quienes se ama. Cuántos de estos hijos olvidan a su Dios, omiten agradecerle por sus dones, solicitar su perdón, reconocer su soberanía. Pero afortunadamente la Madre está ahí y lo que ellos descuidan, ella lo hace en su lugar.

Totalmente atenta a cada uno, ella interviene por cada uno ante su Hijo, ofreciendo la oración balbuciente de uno, la titubeante buena voluntad de otro; intercede por todos: por quien sufre, o a quien amenaza la tentación, por quien se niega a Dios, por quien afronta la muerte…

Es a la manera de las madres como ella reza. Quiero decir que lleva a su Dios a sus hijos, presentes y vivos en ella, que los ofrece, como antaño entre sus brazos a aquel pequeñito que era el Hijo del Todopoderoso.

A su pregunta: qué lugar ocupa María en la oración de los católicos, respondo primero, como ven, hablándoles del lugar que nosotros ocupamos en la suya. Es que nuestra mejor oración es la que nuestra Madre hace en nuestro nombre y por nosotros.

El cristiano que quiere rezar comienza, pues, arrodillándose junto a su Madre en oración y cuando, ganado por el recogimiento de esta, entra por la oración en la compañía de su Dios, es el turno de María de hacerse presente en su oración. Porque si hay un espectáculo de la tierra que conmueve y alegra su corazón maternal, es ver a uno de los suyos intentar hablar al Señor y escucharlo. Y como se protege con ambas manos una frágil llama del viento, María con su oración todopoderosa protege la oración de su hijo.

Henri Caffarel, Cahiers sur l’oraison, n.º 31