EPÍLOGO: A las fuentes de la espiritualidad conyugal

Ante nuestros ojos, se presenta un gran acontecimiento de Iglesia: en muchísimos países se multiplican los hogares cristianos decididos a vivir plenamente las riquezas de su sacramento – hogares que no son perfectos, por cierto, pero que tienden a serlo; hogares donde Cristo es amado por todos y sobre todas las cosas; donde se sabe vivir y morir en la paz de Dios; donde florecen, como en un terreno favorable, vocaciones sacerdotales y virginales; hogares que son «pequeñas iglesias», donde el visitante descubre la gran Iglesia.

Nos hemos propuesto remontar el río hasta la fuente, preguntar a los testigos de los orígenes de qué experiencia espiritual nació esta gran corriente en la Iglesia de hoy. Y ustedes acaban de leer los testimonios recogidos. Como han visto, son a la vez muy diversos y curiosamente concordantes. En todos ellos se encuentra la misma experiencia espiritual, vivida de manera diferente, expresada de manera diferente, pero idéntica en su esencia:

Un joven y una joven, hace unos veinticinco años, se enamoraron y se casaron. Les parecía algo muy sencillo. Apenas sospechan que eran unos privilegiados; no imaginaban el largo camino que las generaciones anteriores tuvieron que recorrer antes de que un hombre y una mujer pudieran, con total libertad, amarse, elegirse y casarse. Y, sin embargo, el matrimonio de su abuela, muy probablemente, había sido decidido mucho más por su familia que por ella misma, y sus padres se habían casado en la época en que se declaraba solemnemente: «El amor es una cosa, el matrimonio es otra». Ellos, gracias a condiciones sociológicas y psicológicas completamente nuevas, se casaron por amor. No solo la coyuntura social, sino la propia coyuntura religiosa intervino a su favor: son la primera generación que debe al decreto de Pío X el haber recibido la Eucaristía a los siete años y haberse alimentado frecuentemente del Cuerpo de Cristo. Asimismo, su religión no es un legalismo sino un amor, el amor de Cristo. Y es el encuentro en sus corazones de estos dos amores lo que lo explica todo.

Estos dos amores, el de Cristo y el del cónyuge, son cada uno de tipo totalitario, exclusivo; no admiten componendas. Y, sin embargo, en estos jóvenes esposos, la intuición es certera de que no se oponen, y no menos certera de que no deben vivirse por separado, de manera independiente.

Buscando el fundamento de su intuición, consultan al sacerdote. Sin rodeos, es la respuesta de Dios lo que necesitan. Inútil recurrir a sutilezas psicológicas: para el sacerdote, basta con recordar —o descubrir— la enseñanza tradicional sobre el sacramento del matrimonio. En efecto, decir que el matrimonio es un sacramento es decir que Cristo transmite su gracia a los esposos a través del matrimonio, a través de ese don de amor que se hacen el uno al otro. El amor de Cristo utiliza aquí el amor humano, al igual que en otros casos el agua o el aceite consagrados para manifestarse y comunicarse. No solo para santificar las almas, sino también para transfigurar este mismo amor conyugal, a la vez tan ferviente y tan frágil, mediante el cual Él desea entregarse a los esposos a lo largo de toda su existencia. La entrega mutua de los esposos, medio que Cristo toma para concederles su gracia, es también el camino por el cual irán hacia Él, ya que unirse, para dos cristianos, es asumir el compromiso de ayudarse mutuamente en la búsqueda del Señor. Así, el amor conyugal se revela totalmente orientado al amor de Cristo: por medio de él Cristo se entrega a los esposos, y a través de él los esposos se entregan a Cristo.

Esta es la verdad que maravilló y llenó de alegría a algunos hogares alrededor de los años 40; esta es la fuente del gran río. Una vez comprendido esto, no les quedaba más que intentar vivirlo día tras día en los detalles de la vida cotidiana, responder a las exigencias de fecundidad carnal y espiritual de su amor santificado, y adherirse a Cristo «en lo bueno y en lo malo». Solo les quedaba ayudar a otros a realizar el transformador descubrimiento de esta espiritualidad conyugal y familiar. Y así se explican los grandes movimientos de hogares, el asombroso auge de los retiros conyugales, la abundancia de publicaciones sobre el matrimonio…

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Al principio, no todo estaba explicitado y expresado, pero todo estaba ya en germen.

Aún queda mucho por descubrir. Y por luchar, para sacudir y eliminar los prejuicios siempre vivos que ven en el matrimonio un «estado de imperfección». Sobre todo, se impone un esfuerzo inmenso para dar a conocer, a cristianos y no cristianos de todo el mundo, el pensamiento de Dios sobre el matrimonio.

Pero ya se vislumbra que lo que hace treinta años era una buena noticia para los hogares, bien podría convertirse también en una buena noticia para la Iglesia entera. Esta idea divina del matrimonio que, antes de la guerra, trajo alegría y desarrollo espiritual a unas pocas parejas jóvenes, se ha propagado, alcanzando a hogares cada vez más numerosos, revelándoles las riquezas de gracia que Cristo les ofrece y la colaboración que espera de ellos para el advenimiento del Reino de Dios en la tierra.

De tal manera que hoy, cuando la población del planeta crece a un ritmo vertiginoso, cuando el clero en casi todo el mundo escasea, cuando la acción de los sacerdotes en muchos países se ve obstaculizada por la persecución, se mira con esperanza hacia los hogares cristianos. Si tomaran conciencia de la misión eclesial que les corresponde en virtud del sacramento del matrimonio, si acudieran en masa a poner las poderosas energías humanas y sobrenaturales del amor conyugal a disposición de la Iglesia, ¿no veríamos a esta disponer de una fuerza de penetración y expansión desconocida hasta ahora?

¡Qué persuasivo heraldo del Evangelio es, en efecto, un hogar donde reina el amor entre esposos, padres e hijos, hermanos y hermanas! Proclama, y además lo hace en un lenguaje comprensible para todos, internacional, que es el de la felicidad, la unión de los corazones y la salvación que Cristo obra allí donde nos abrimos a su ley de caridad y a la influencia de su gracia. Un hogar cristiano es una porción de humanidad donde Cristo realiza lo que realizaría a escala mundial si el mundo lo consintiera: el Reino de Dios.

¡Se calcula que hay 120 millones hogares fundados en el sacramento del matrimonio! Si conocieran su misión y su poder…

Henri Caffarel (El Anillo de Oro, n.° 99-100)