«Ven y sígueme»
El ideal evangélico no es, única y principalmente, un cuerpo de doctrina que adoptar, sino Alguien a quien seguir. Seguir, es decir, aprender a pensar, actuar y vivir con Él y como Él. Y ese Alguien no es el hombre de las medias tintas, ni de los compromisos. Él es el hombre de un solo amor y no pide menos a sus discípulos: «Nadie —dice— puede servir a dos señores» (Mt 8, 24). Él sabe ser paciente, «no apagar la mecha que aún humea» (Mt 12, 20), pero no transige en lo que respecta al ideal. Él toma lo que se le da, pero lo pide todo: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente» (Lc 10, 27). Él no reclama una parte, sino todo: la entrega total de la inteligencia, del corazón, de la voluntad, de la vida.
Un verdadero discípulo de Cristo se siente orgulloso de servir a un maestro cuyo amor es así de exigente. Él sería el primero en pedírselo: «Y, sobre todo, Señor, sé intransigente. No permitas que retire nada de mi ofrenda, que me entregue al menor desvío, no toleres que jamás te dé menos que todo».
Si Cristo pide todo, es porque Él, el primero, lo da todo: «No hay amor más grande que dar la vida por aquellos a quienes se ama». Entre Él y su discípulo, la intimidad se establece en este nivel de entrega total recíproca. Pero quien dice entrega total dice al mismo tiempo renuncia.
Y, en efecto, el Evangelio se sostiene en estas dos propuestas que son como el derecho y el revés de la misma realidad: dar todo y renunciar a todo; en otras palabras, «seguir» a Cristo y «dejar» todo lo demás.
Ciertamente no se le puede reprochar a Cristo que nos tome por traición. Él no es el predicador que maquilla las verdades demasiado exigentes, para luego introducirlas subrepticiamente más adelante. Él dice claramente lo que piensa y lo que hace: «No vayan a creer que he venido a traer la paz a la tierra: no he venido a traer la paz, sino la espada. Porque he venido a enfrentar al hijo con su padre, a la hija con su madre…» (Mt 10, 34-36). Él retoma la misma exigencia en términos no menos abruptos: «Si alguno viene a mí sin odiar a su padre, a su madre, a su esposa, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas, no puede ser mi discípulo…» (Lc 14, 25-33). Ciertamente, odiar no significa «querer el mal para los demás», sino, eventualmente, rechazarlos cuando se presentan como rivales de Dios, como obstáculos en el camino de la santidad —¡lo cual, por lo demás, no impide amarlos hasta dar nuestra vida por ellos! Cristo nos ofrece el ejemplo de este odio santo: un día Pedro intenta apartarlo del sacrificio de la Cruz. Él lo rechaza con indignación: «Apártate, Satanás»
Y cuando Cristo añade: «Cualquiera que no renuncie a todo», ciertamente no quiere invitarnos a dejar de amar, sino hacernos comprender que no debemos ser cautivos de nuestros amores, ya sea el amor a los demás o el amor a nosotros mismos; pues para su discípulo solo hay una manera de amar: amar por amor a Él.
¡Admitan que nuestro Maestro no se anda con rodeos! Aun así, es necesario entender bien su palabra. «Dejar», «odiar», «arrancar», estas palabras deben tomarse en su sentido fuerte, es decir, en el sentido espiritual.
Son estas mismas exigencias las que le han atraído, desde hace veinte siglos, a los seres generosos que no saben entregarse a medias. «Llevando sus barcas a tierra y dejándolo todo, lo siguieron», se dice de Pedro y de Andrés (Lc 5, 11). Y san Pablo, algunos años después, pudo escribir: «Todas las ventajas de las que estaba provisto, las he considerado como desventajas a causa de Cristo. Es más, desde ahora considero todo como desventajoso en comparación con el valor supremo que es el conocimiento y el amor de Cristo Jesús, mi Señor. Por Él he aceptado perderlo todo, lo considero todo como basura, con tal de ganar a Cristo» (Fil 3, 4-9).
Ese es el ideal evangélico. Cualquiera que sea el estado de vida, se impone. A las personas casadas como a las demás. No existe una vida cristiana de segunda categoría para las naturalezas débiles.
En y por su amor, el hombre y la mujer pueden y deben, por lo tanto, alcanzar la entrega total a Jesucristo. Es para que ellos realicen este ideal que el Señor hizo del matrimonio un sacramento, es decir, una realidad humana habitada y trabajada por la Caridad divina, la cual —como un poderoso fermento—permite a los esposos realizar lo que parece imposible para el hombre, pero que es posible para Dios.
Henri Caffarel, Carta mensual de los Equipos de Nuestra Señora, noviembre de 1962
