Amar más todavía

Releamos, si quieren, esta admirable página de san Lucas que nos presenta a Ana la Profetisa. Le bastan al evangelista algunos versículos para grabar un retrato inolvidable —aguafuerte a lo Rembrandt— de esta mujer «muy avanzada en edad», para sugerir el encanto espiritual de ese rostro de anciana totalmente transparente a la luz divina, para evocar su destino cautivador. Después de siete años de matrimonio, Ana había quedado viuda; pasó del cuidado de su casa al servicio de la casa de Dios, del amor de su marido al amor del Señor. Durante largos años de viudez, honró a Dios «día y noche en ayuno y oración». Y he aquí que un día, a los ochenta y cuatro años, encuentra en el atrio del Templo a su Salvador de algunas semanas. Y he aquí que la silenciosa, aquella que todos conocían pero nunca oían, se convierte en la apóstol de Cristo: «Se pone a hablar del Niño a todos aquellos que esperaban la liberación». Hora capital: los acontecimientos de su vida se aclaran, todos los porqués reciben su respuesta. A dónde la conducía Dios por la sinuosa ruta incomprensible de su existencia, he aquí que lo aprende de repente.

¡Cuántas mujeres, desde hace veinte siglos, han percibido en su viudez, como Ana la Profetisa, un signo de Dios que las invita a pasar del amor humano al amor divino! Piensen en santa Paula, santa Isabel, santa Francisca Romana… Guardo un recuerdo inolvidable de un retiro en Lourdes en 1943: una tras otra, sin haberse puesto de acuerdo, siete jóvenes viudas de 1940 vinieron a confiarme su convicción de que Dios las invitaba a consagrarle su viudez. Los sacerdotes que han recibido las confidencias de muchas viudas lo saben bien: hay algunas a quienes Jesucristo lanza una llamada tan indiscutible, tan imperiosa como al joven para el Seminario, como a la joven para el Carmelo: «Ven y sígueme».

Es así como vemos dirigirse hacia el convento a viudas que no tienen cargas familiares. Pero esta llamada al don total, las madres rodeadas de hijos jóvenes también la oyen. Ellas están entonces desconcertadas, temen la ilusión o la tentación, puesto que no puede ser cuestión para ellas el dejar su casa.

Y ciertamente no hay que apresurarse a concluir que hay una llamada de Dios ante esos deseos, tan frecuentes al principio de la viudez, de desinteresarse de todo lo que es de la tierra, de comprometerse a no amar jamás a otro hombre, de enclaustrarse en el recuerdo del desaparecido. En tales deseos, entran a menudo sentimientos muy diversos, no hay solo lo mejor. Pero si es sabio verificar la llamada, es esencial no arriesgarse a volverse sorda a los deseos del Señor.

¿Es posible responder a este llamado, sobre todo para aquellas que, además de las tareas maternas y domésticas, tienen un trabajo profesional agotador, y que deben ganarse ese pan que antes, con alegría, se contentaban con compartir con sus hijos? ¿En qué consistirá esa respuesta?

En el transcurso de los siglos pasados, la entrada en la «vida religiosa» suponía el retiro del «mundo» y de las tareas temporales. Pero he aquí que en nuestros días —y esto no es una pequeña revolución— la Iglesia, por medio de institutos con formas nuevas, pone la vida religiosa al alcance de aquellos mismos que no pueden dejar el mundo. Estos institutos, como todas las órdenes religiosas, tienen por objetivo conducir a sus miembros a la perfección del amor de Dios y del amor del prójimo.

Así, la vida religiosa ya no es incompatible con la vida de las viudas, atestada de tareas familiares y profesionales. Y ya se ve a algunas que, llamadas por Dios a esta perfección de la caridad, se comprometen a tender a ella en estos institutos religiosos de un tipo nuevo, sin por ello desertar de sus responsabilidades, muy al contrario. Allí encuentran lo que caracteriza toda vida religiosa: un apoyo fraterno, una formación, guías, un reglamento de vida flexible y adaptado a su estado, y finalmente promesas o votos por los cuales consagran su vida a Dios.

De la misma manera que la vida religiosa clásica no llegó de inmediato a su forma definitiva, así también sin duda hará falta tiempo para que estas formas nuevas de vida religiosa sean puestas a punto. Por el momento estamos en el período tentativo, pero apasionante, de los ensayos y de la búsqueda. Búsqueda: ¿cómo puede la viuda practicar la pobreza cuando no puede abandonar sus bienes, que son los bienes de sus hijos? ¿Cómo puede practicar la obediencia sin llegar a esa solución inadmisible y odiosa que haría de una Superiora la verdadera jefa de su familia? … Todo el problema está ahí: encontrar una nueva forma de vida religiosa adaptada a la situación de la viuda, pero que no sea por ello una vida religiosa de rebajas.

Si la viudez presenta dificultades en la búsqueda de una vida perfecta —falta de tiempo, de posibilidades de recogimiento, exceso de trabajo, aislamiento…— también puede favorecer singularmente el ascenso del alma, por los sacrificios que propone y los servicios que conlleva. Se necesita mucho amor. Es la ofrenda, a renovar cotidianamente, de aquel que Dios ha llamado, es la renuncia a nuevas maternidades, es la dolorosa sorpresa de no encontrar la misma consideración que antes entre los matrimonios, es la soledad, el acaparamiento de una vida familiar devoradora, el desgarramiento entre las exigencias de ternura y las de autoridad ante los hijos, entre las responsabilidades espirituales de la formación de las almas y los trámites más temporales (ante el administrador de inmuebles para obtener reparaciones, en la oficina de impuestos para discutir impuestos)… Una verdadera formación religiosa debe enseñar a la viuda el arte de utilizar todas las ocasiones de olvido de sí misma para crecer en el amor de Dios.

Muy a menudo también, la viuda tendrá la impresión de estar engullida en las tareas cotidianas, envidiará a las monjas que, en el silencio del claustro, pueden ocuparse solo de Dios; Que se acuerde entonces que lo que cuenta, en definitiva, no es el silencio, ni las largas oraciones, ni la paz monacal, sino hacer la voluntad de Dios. De hacerla, no digo con gran amor, pues a veces es muy difícil saber si se ama, sino con una humilde buena voluntad renovada todos los días. Los años pasarán y quizá la impresión dominante sea la de no avanzar en nada hasta el día en que, cuando menos se lo esperaba, la viuda deslumbrada, como Ana la Profetisa, encuentre a su Salvador.

¡Qué no podría decir de la vida interior de esas viudas que, habiendo encontrado a Cristo, lo siguen paso a paso! Ellas poseen la alegría, Su alegría. La gloria del Padre es su razón de ser. Han comprendido que todo es gracia. Habiendo aceptado perderlo todo por el amor de Cristo, lo reencuentran todo en el amor de Cristo —y primero a su compañero de camino, que en adelante será su «compañero de eternidad».

Ya existen varias órdenes de vida religiosa que acogen a las viudas. Algunas reciben a solteras y viudas. Otras están reservadas a las viudas. Entre estas últimas, algunas hacen hincapié en la contemplación, otras en la acción apostólica y caritativa; unas en el desapego del pasado, otras en la permanencia del lazo espiritual que une a la viuda a aquel que la ha precedido junto a Dios; hay algunas que se vinculan a una gran familia religiosa; algunas orientan la ofrenda hacia la Iglesia, los sacerdotes, los hogares (el sacrificio de las viudas debe ayudar a estos últimos en su magnífico esfuerzo actual por una vida familiar verdaderamente evangélica)… Ya hay numerosas moradas en la casa del Padre.

Tal vez no esté lejos el tiempo en que las mujeres que Dios llama a consagrarle su viudez reciban una consagración particular que les dará en la Iglesia ese lugar de honor y de servicio que era el suyo en los primeros siglos de la era cristiana. Parece que esto estaría en la línea de la tradición. ¿Acaso no ha afirmado siempre solemnemente la Iglesia que, si conviene alabar las grandezas del matrimonio cristiano, hay que alabar más todavía la virginidad y la viudez consagradas? Porque la virginidad y la viudez consagradas proclaman bien alto la Señoría de Dios, y que la unión de amor con Él es el verdadero objetivo de la vida humana.

Offertoire, n.º 36, noviembre-diciembre, 1952 – (Este artículo es la segunda respuesta a la carta «Dar aún más», publicada en el n.º 31 de Offertoire. La primera respuesta fue la del P. Carré, en Offertoire, n.º 34-35.)