Una fecha importante.
En 1947, el padre Caffarel había puesto a los Equipos bajo el patrocinio de Nuestra Señora. En 1954, siete años después –¡siete años es la edad de la razón!– en Lourdes, en la fiesta de Pentecostés, 850 miembros de los Equipos ratificaron la iniciativa del padre Caffarel.
Durante una reunión bajo la presidencia de Mons. Théas, obispo de Lourdes, jornada dedicada a la vida de los Equipos, tras una breve reseña histórica del Movimiento presentada por el padre Caffarel, Constantin Sipsom mencionó a todos los Equipos existentes y luego, en nombre de los presentes –y de todos los que ellos representaban–, leyó la fórmula de consagración de los Equipos cuyo texto les ofrecemos.
Consagración es una palabra muy desgastada, muy deslucida, y sin embargo es uno de los términos más ricos en significado de nuestro vocabulario. Consagrar es hacer pasar un objeto, un objeto, de un uso profano al servicio de Dios. Es desposeerse de algo, de uno mismo, a favor de Dios. Por esta consagración de los Equipos de Nuestra Señora, hemos afirmado solemnemente que el Movimiento es entregado a María y, a través de ella, a Dios. Le hemos pedido a la Virgen que lo tome bajo su cuidado y cargo, que lo aconseje y lo guíe en nombre del Señor, y que disponga de él para la gloria de su Hijo.
María ya ha sido muy honrada entre nosotros. Es necesario que, de ahora en adelante, pongamos siempre más exactitud, prontitud y lealtad para vivir en el espíritu de esta consagración, de esta pertenencia a Nuestra Señora. El texto que sigue, no lo lean como una información, sino más bien como una oración, como un compromiso personal.
«Santa María, Madre de Dios, hemos venido a Lourdes para expresarte, en unión con todos nuestros hermanos cristianos, nuestra gran alegría y nuestro gran orgullo por el maravilloso privilegio de tu Inmaculada Concepción, proclamado hace cien años.
También queríamos venir a expresarte el agradecimiento de nuestra generación, a la que se le ha concedido esta inmensa gracia de tomar conciencia de las grandezas del matrimonio cristiano. Sabemos bien que todas las gracias vienen de Cristo muerto y resucitado por nosotros. Por eso, es a Él a quien primero dirigimos la expresión de nuestra gratitud. Pero también sabemos bien que tú estuviste presente en el Calvario,
asociada a su sacrificio, ofreciendo a tu Hijo por nosotros y por nuestros hijos; entonces es muy justo que, en nuestro agradecimiento, no te separemos de Aquel de quien nunca te separaste.
Nuestro viaje tiene todavía otro propósito que nos es muy querido. Hace siete años, el padre Caffarel nos confió a tu patrocinio, tal como hacen los padres cristianos al depositar a su pequeño hijo sobre tu altar después del bautismo. Teníamos el anhelo de ratificar esta consagración. Ha llegado la hora. Todos los presentes, en nuestro nombre y en el de todos los miembros de los Equipos de Nuestra Señora que no pudieron unirse a nosotros, te entregamos sin reserva ni condición nuestro Movimiento y todos los hogares que lo componen, como un homenaje de amor y confianza. Te pertenece. Tienes la entera disposición de él para la gloria de tu Hijo. De antemano, estamos de acuerdo con todo lo que pidas y hagas.
San Juan, después de haber escuchado la palabra de Jesús: “Hijo, he ahí a tu madre”, te recibió en su casa.
Todos los hogares de nuestros Equipos se abren a ti, María: permanece en nuestra casa. Enséñanos a tu Hijo. Enséñanos a amarlo y a imitarlo. Vela por nuestros hijos y, entre ellos, haz que florezcan numerosas vocaciones sacerdotales y religiosas. Que tu oración obtenga para nuestras familias, como la obtuvo para los apóstoles reunidos en el Cenáculo, la plenitud de los dones del Espíritu Santo. Y que, en adelante, nos sea imposible no ir, como los apóstoles, a anunciar las “magnalia Dei”, las maravillas de Dios, y muy especialmente las maravillas del sacramento del matrimonio, a quienes las ignoran».
Henri Caffarel, junio 1954
