La pareja, testigo de Dios
Su hogar dará testimonio de Dios de manera aún más explícita si es la unión de dos «buscadores de Dios», según la admirable expresión de los salmos. Dos buscadores, cuya inteligencia y corazón están ávidos de conocer, de encontrar a Dios, de estar unidos a él, porque han comprendido que Dios es la gran realidad, porque Dios les interesa más que todo.
¿Cuántos entre ustedes que conozco son verdaderos buscadores de Dios? Tal hogar es un lugar de culto. No solo en el sentido de que los esposos son sus adoradores en espíritu y en verdad, que sus hijos son educados para ser ellos también adoradores, sino en el sentido también de que este impulso de adoración orienta los corazones y todas las tareas a lo largo del día.
El hogar cristiano es esa «Iglesia en reducción» de la que hablaba san Juan Crisóstomo, esa «célula de Iglesia» de la que nos hablaba Pablo VI ayer por la mañana. Aunque todos los demás lugares de culto estuvieran cerrados, abandonados, destruidos, como en ciertas regiones del mundo, la familia cristiana sigue siendo la morada de Dios entre los hombres. Y porque Dios habita allí, es un lugar donde Dios actúa, continúa realizando sus «mirabilia», esas grandes cosas de las que nos habla la Biblia. Es una historia sagrada la existencia de un hogar cristiano porque es una historia conducida por Dios.
Y aquellos que vienen a pedirle hospitalidad, tengan conciencia de ello o no, encuentran allí a Aquel de quien es la morada. Donde están el amor y la caridad, allí Dios está presente. Es por múltiples indicios que el visitante descubre a este Dios actuando en el hogar. Una preocupación por la pobreza, por la caridad, una manera habitual de destacar el lado bueno de la gente y de las cosas, un juicio espontáneamente evangélico sobre los acontecimientos, una independencia respecto al mundo, a las modas intelectuales u otras. No hay riesgo de que tal hogar sea un gueto donde uno se encierra al abrigo de las angustias del mundo; es más bien un lugar desde donde se parte para ir a todas las tareas humanas.
El Dios amigo de los hombres envía en misión a sus servidores cuando han repuesto sus fuerzas en el amor mutuo, la oración y el descanso. Entonces, no es sorprendente que en medio de los hombres los esposos cristianos sean testigos del Dios vivo.
Doy como prueba esta reflexión de una mujer científica atea a una amiga católica: «Para usted, Dios está vivo como lo están su marido o sus hijos; mis argumentos contra Dios son ridículos ante usted, es como si intentara demostrarle que su marido no existe».
Me dirán: este retrato del hogar cristiano supone el problema resuelto, a saber, que somos santos. No: no he hablado de santidad, sino de búsqueda de Dios, de honor rendido a Dios, de recurso a Cristo salvador para superar cotidianamente, en la vida conyugal y familiar, las tentaciones y los obstáculos.
La penitencia —entiendo por tal el humilde reconocimiento de su pecado, de su demasiado frecuente infidelidad a Dios— ya da testimonio de Dios, ya revela su santidad.
Recuerdo, en efecto, esta reflexión de un diplomático de un país de América Latina, después de una estancia en un hogar de los Equipos del que conocía bien que los esposos no eran perfectos, pero que era precisamente ese tipo de hogar penitente, en busca de Dios. Me escribía: «Sé ahora que si mi país, a imagen de esta pequeña comunidad familiar, reconociera sus transgresiones y hiciera penitencia, conocería la paz que reina en el hogar donde acabo de estar«.
Quisiera haberles comunicado mi convicción de que un hogar de buscadores de Dios es, en nuestro mundo que ya no cree en Dios, que ya no cree en el amor, una teofanía, una manifestación de Dios como lo fue para Moisés aquella zarza del desierto que ardía y no se consumía.
Que si su vida de hogar, que si su amor da testimonio del Dios de amor, entonces, pero solo entonces, deben y pueden dar el testimonio de la palabra; ella será avalada por su vida.
Con mucha frecuencia oigo decir: «hablar de Dios, ¿pero acaso no es traicionarlo? Las palabras, las imágenes, los conceptos son inadecuados». Es verdad; los musulmanes tienen razón al enseñar que el centésimo nombre de Dios, su verdadero nombre —siendo los otros noventa y nueve meras aproximaciones—, es incognoscible, indecible. El obispo anglicano John Robinson escribía en el mismo sentido, hace no mucho tiempo: «Cuando hablamos de Dios, todas nuestras palabras están destinadas a quedarse vacías». San Agustín pensaba lo mismo, pero enseguida rectificaba. Lo leo: «¿Qué puede decir aquel que habla de Ti? Y sin embargo, ¡ay de aquellos que callan de Ti!».
La pregunta que surge, por lo tanto, no es: «¿hay que hablar de Él?», sino más bien «¿cómo hablar de Él para no traicionarlo, para no traicionarlo, en primer lugar, ante sus hijos?». Y esta es la respuesta que les propongo y que voy a desarrollar.
Nuestro Dios es, según la expresión bíblica, un Dios escondido, incognoscible, pero que se ha revelado en el hombre Jesús, que se ha dado a conocer como el amor, y que está presente en el corazón de sus criaturas. Comento brevemente esta respuesta.
Nuestro Dios es un Dios escondido, incognoscible: las imágenes, los conceptos no pueden encerrarlo; pero esta convicción, lejos de alejar al creyente de Dios, lo acerca a Él y suscita su adoración. A menudo lo he constatado con niños pequeños. Y un santo Tomás de Aquino escribió palabras firmes al respecto: «Al final de nuestro conocimiento —escribe—, conocemos a Dios como desconocido, y esto es, para nuestro espíritu, una manera muy perfecta de penetrar en el conocimiento de Dios: reconocer que la esencia divina está por encima de lo que la inteligencia puede captar de ella aquí abajo».
En efecto, es hacer presentir la grandeza única de Dios el decir que está por encima de todo lenguaje.
Y, sin embargo, Dios, para darse a conocer, asumió el riesgo del lenguaje. De ese lenguaje infinitamente más explícito y elocuente que cualquier otro lenguaje: la encarnación de su Verbo. El Todopoderoso, para acercarse a nosotros sin herirnos, para familiarizarnos con Él, nos ha revelado su gloria, pero tamizada por el rostro y la sonrisa de un hombre. Nos ha comunicado el fuego devorador de su santidad, pero a través de un corazón de hombre.
En este Jesucristo, Dios revela su amor. Dios amó tanto a los hombres que les dio a su único Hijo.
Amor es, sin duda, el concepto y la palabra menos impropios para hacernos saber lo que Dios es con respecto a nosotros. Pero es verdad que este término de «amor» está terriblemente desgastado y que termina por ser ambiguo. Siempre es importante esmerarse en precisar bien su sentido. ¿Acaso no les corresponde a ustedes, esposos, revelar con su vida, de la manera menos imperfecta posible, lo que significa esta palabra «amor»?
Sí, gracias al amor del hombre y de la mujer, los hombres deberían ser encaminados hacia el misterio incognoscible. Y les corresponde también a ustedes, maridos y mujeres, dejar entrever a través de su unión el misterio del Dios Trinidad. Nuestro Dios, en efecto, no es ese triste e impasible soltero de los mundos del que hablaba René de Chateaubriand, sino un sol vivificante, una comunidad de tres personas que se aman.
Aquí también, es necesario apresurarse a ir más allá de las ideas, más allá de las palabras, hacia las realidades que designan, y la oración silenciosa es, finalmente, la mejor vía de acceso al misterio trinitario.
Por último, aún no se les ha dicho a los hombres lo que, sin duda, les importa más que todo, mientras no se les haya enseñado que nuestro Dios no es un Dios que está en otra parte, en el más allá, sino un Dios muy cercano, presente en el corazón de sus hijos. Por no saberlo, san Agustín tardó en convertirse, y confiesa: «¡Tarde te amé! Tú estabas dentro de mí y yo estaba fuera de mí mismo. Era afuera donde te buscaba; Tú estabas conmigo y yo no estaba contigo».
Dios está dentro de nosotros; Él nos llama, nos espera, allí está trabajando para divinizarnos: «Mi Padre y yo trabajamos sin cesar». Tal es, me parece, el Dios que con su vida deben revelar. Con su vida y con sus palabras. Que deben revelar a sus hijos en primer lugar. Si de verdad creen en este Dios, el testimonio de la palabra será espontáneo; no consistirá tanto en discutir y argumentar. Dios no se encuentra al cabo de una discusión, sino simplemente en decir lo que Dios es para ustedes, su lugar en su vida.
Henri Caffarel, «Los Equipos de Nuestra Señora frente al ateísmo», Roma, 1970
