Nota sobre la viudez consagrada

Para comprender la grandeza de la consagración de la viudez, hay que recordar la promesa de fidelidad perfecta que la esposa hizo a su marido el día de su boda: expresada mediante el «sí» con el que respondió a la invitación del sacerdote.

Esta promesa da ahora fruto en la viudez en forma de consagración total a Cristo. Existe una estrecha relación entre aquella promesa, ya sea más o menos lejana, y esta consagración. Es cierto que el «sí» dado no preveía esa dolorosa eventualidad, pero no por ello deja de ser cierto que esta consagración ya estaba presente en la promesa, como el fruto en la flor.

Sería un error considerar que solo existe una relación arbitraria, externa y extrínseca entre el sacramento del matrimonio y la viudez consagrada. La relación es estrecha, lógica e intrínseca. Esa vida en pareja en la Iglesia que el matrimonio había fundado, la consagración «la lleva a su plenitud» —dando a esta palabra de plenitud el sentido muy intenso que tiene en las Escrituras: el cumplimiento es una transformación en la que lo anterior encuentra su culminación y su perfección en el acto por el que la esposa se compromete a no volver a casarse y en la vida consagrada que ese acto inaugura.

Sí, la viudez consagrada es, en efecto, la culminación y la perfección del sacramento del matrimonio. Esto es cierto en dos sentidos: por un lado, el vínculo de amor entre la esposa y aquel que ya no está visiblemente presente se purifica, se transforma y se impregna por completo de caridad gracias a la consagración y, por otro lado, el testimonio que la pareja cristiana debe dar en la comunidad eclesial adquiere un nuevo rostro: la viudez consagrada es la imagen viva de la Iglesia, fiel a su esposo invisible y con una confianza inquebrantable en él, a la espera del encuentro definitivo.

Por lo tanto, la viudez consagrada nos ofrece, sin duda, un pleno desarrollo espiritual del sacramento del matrimonio. Y el sacramento, que no ha agotado sus potencialidades de gracia con la muerte del cónyuge, producirá abundantemente frutos de santidad, y la viuda consagrada da pleno crédito a su valor santificador.

La fidelidad es la palabra clave de esta espiritualidad de la viuda consagrada. La gracia de la fidelidad conyugal, de la que el sacramento es fuente, resplandece en la vida consagrada de la viuda.

*Henri Caffarel, Archivos de los Equipos de Nuestra Señora*