Nuestros duos sacramentos

Su generación ha tenido la intuición de que el pensamiento de Dios sobre el amor humano es admirable, de que la perfección cristiana no es privilegio exclusivo de los monjes, y de que el matrimonio también es un camino de santidad. Y ustedes han pedido a sus sacerdotes que se inclinen sobre el misterio cristiano del matrimonio, que profundicen en su teología y que elaboren con ustedes una espiritualidad del cristiano casado. Tienen mucha razón al mostrarse exigentes. Se ha realizado un buen trabajo.

Ahora el camino está marcado para el cristiano que quiere aspirar a la perfección cristiana en y por el matrimonio. El Anillo de Oro ha contribuido a ello lo mejor que ha podido. Habrá que perseverar, pues la tarea está lejos de estar terminada. Pero hoy, en este último número del décimo año del Anillo de Oro, permítanme, a mi vez, ser exigente. Pedirles a ustedes, que nos han pedido que comprendamos la grandeza de su matrimonio, que reflexionen sobre la grandeza de nuestra vocación sacerdotal. Entiéndanme bien, no es simpatía lo que vengo a buscar, sino una comprensión, en profundidad, de los misteriosos poderes de nuestro sacramento.

Porque, simpatías, al sacerdote de nuestro tiempo no le faltan. Nunca la literatura, el teatro o el cine le han mostrado tanto interés. Sin duda es a Bernanos, con su inolvidable Diario de un cura rural, a quien corresponde el mérito de esta entrada del sacerdote, por la puerta grande, en las letras contemporáneas.

Pero hay que reconocerlo, solo se han captado los aspectos secundarios —a veces puramente anecdóticos, o incluso poco auténticos— del sacerdocio. Lo esencial se ha escapado: el misterio del sacerdote. Y no estoy seguro de que los cristianos, ni los mismos practicantes de nuestros Movimientos, tengan siempre una visión más exacta.

Para comprender al sacerdote, hay que situarse de entrada en el corazón del misterio de Cristo. Cualquier otro ángulo de visión falsea la perspectiva.

El gobernador Festo resumía en estos términos el conflicto que enfrentaba a Pablo y a los judíos: se trata de «un tal Jesús que murió y que Pablo afirma que está aún vivo» (Hechos 25, 19). Festo había comprendido. Es precisamente eso lo que está en el centro de la fe del cristiano: Cristo, después de haber reconciliado por su muerte a los hombres con su Padre, ha resucitado. Está vivo. «¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo?», preguntaba a las santas mujeres el ángel de la Resurrección.

Que la Ascensión no nos induzca, pues, a error: es falso pensar que Cristo, al dejarnos sus enseñanzas, su Cuerpo eucarístico y los sacerdotes como sus ministros, ha abandonado nuestro mundo. La Ascensión es el paso de un modo de presencia a otro: de una presencia visible a una presencia invisible. Cristo no se ha escapado de nuestro Universo: está indisolublemente unido a él por todos los lazos de su humanidad. Con su cuerpo glorioso e invisible, está presente entre nosotros. Lo estará siempre, como lo prometió: «Y yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin de los tiempos».

Presente, él actúa. Es como un polo, un centro del que emanan todas las energías sobrenaturales de la Redención, que no dejan de obrar en la humanidad para elevarla y transformarla. De este modo, continúa la misión para la cual el Padre lo envió y que no terminará sino hasta el último día. Hasta entonces, no cesa de construir su Cuerpo místico, su Iglesia, día tras día, hombre a hombre. Comprendan bien, se trata de algo muy distinto a un reclutamiento o a una adhesión pedida al hombre como para cualquier agrupación. Se trata, para Cristo, de hacer que cada uno participe en su muerte y en su resurrección, de operar en cada uno su redención, que es el paso del pecado a la gracia, de la muerte a la vida, a esta vida nueva: la caridad divina. Es una verdadera recreación. Y se lleva a cabo poco a poco, a medida que el hombre se abre a esta acción de Cristo que lo interpela sin cesar, a ese fuego que debe devorarlo todo.

La ley de la encarnación no ha terminado, fue ella la que llevó al Hijo de Dios a acercarse a los hombres por medios humanos, a tomar un cuerpo para que se le pudiera ver, oír y tocar. Para alcanzar el objetivo del que acabamos de hablar, la edificación del Cuerpo místico, la acción de Cristo dispone de un medio que ha elegido entre todos: el sacerdote —o más exactamente el cuerpo sacerdotal, desde el Papa hasta el más humilde vicario de barrio. Es a este cuerpo sacerdotal al que Cristo comunica, mediante una comunicación vital siempre actual, su poder santificador. Cabe destacar que esta participación en el poder santificador de Cristo es el fundamento mismo de la distinción entre clérigos y laicos.

No debe entenderse: «Cristo da un poder a sus sacerdotes para santificarnos», como un hombre que se va de viaje y da un poder o facultad de actuar en su lugar a un subordinado. Una vez más, Cristo no está ausente, sino que es el gran Presente. Es él quien actúa, pero por medio del cuerpo sacerdotal. Es él quien enseña a su Iglesia, pero por el magisterio; es él quien dirige, pero por medio de la jerarquía; es él mismo quien comunica su vida a sus miembros, pero por medio de sus sacerdotes y los sacramentos. Noten la pequeña preposición «por medio de». Es por su mano que la visión interior del artista se convierte en estatua o cuadro. Es por el sacerdocio que la vida de Cristo pasa a los miembros de su Cuerpo místico. El sacerdocio es, pues, como el instrumento, el órgano —libre y vivo— del cual Cristo se sirve para cumplir su obra redentora.

Cuando les pido comprender las grandezas de nuestro sacramento, es todo esto lo que los invito a captar y a creer. Este sacerdote que los perdona en el sacramento de la penitencia, que anuncia la Palabra de Dios, que bendice, ¿creen, sí o no, que por medio de él es una acción actual de Cristo siempre vivo la que los alcanza? «Se te hará según la medida de tu fe». Y sé bien que las apariencias engañan: nuestros defectos, físicos y morales, ocultan el misterio más aún quizás que las apariencias del pan y del vino, del agua o del aceite. Pero no olviden que, en otro tiempo,  la virtud de Cristo se manifestaba por el borde de su manto para curar a la hemorroísa, o por un poco de barro para abrir a la luz los ojos del ciego de nacimiento.

¿Creen que nosotros mismos no estamos obligados a recurrir a estos hechos para atrevernos a creer en nuestros misteriosos poderes? Mejor aún, a aferrarnos a la promesa formal de nuestro Maestro: «Quien los escucha a ustedes, me escucha a mí».

Creo, por mi parte, que muchos males de la Cristiandad de hoy, que tantas vidas cristianas anémicas y tantos hogares sin vitalidad ni resplandor se explican por una mala comprensión de la misión sacerdotal y por el distanciamiento que de ello se deriva. La tierra ya no da frutos cuando ya no es regada.

¿Me objetarán que Cristo no dispone solamente del cuerpo sacerdotal sino del Espíritu Santo para santificar las almas? ¡Es cierto! Y es una suerte, de lo contrario tendríamos que desesperar de la salvación de cientos de millones de seres a los que la acción sacerdotal no puede llegar directamente. Son los mismos que no reciben la Vida sino gracias al sacerdocio, a la universal y perpetua celebración del sacrificio eucarístico.

Pero para quien conoce a Cristo y su enseñanza, el recurso al ministerio sacerdotal no es opcional: es por la acción sacerdotal y los sacramentos que Cristo lo alcanza y le comunica el Espíritu Santo que «le enseña todas las cosas», «derrama la caridad en su corazón» y «ora en él: abba, Padre».

¡¿Qué no se podría esperar de su generación si, habiendo descubierto las riquezas del sacramento del Matrimonio, descubriera también las riquezas del sacramento del Orden?!  Estos son los dos sacramentos sobre los cuales se sustenta el crecimiento del Cuerpo de Cristo.

Henri Caffarel, L’Anneau d’Or, n.°60 –  Novembre – Diciembre 1954 – p. 450-453