El matrimonio es un sacramento

Desde todos los puntos de la Cristiandad se oye la llamada de los hogares jóvenes. Esta llamada es verdaderamente un signo de nuestro tiempo. Enamorados de Jesucristo, pero también de su propio amor, se lanzan a la búsqueda de una santidad conyugal, es decir, de una santidad que se elabore en los ardores, en la paz y en las pruebas de una vida vivida entre dos. Pero esta santidad, tanto como vivirla quisieran comprenderla; es también un signo de nuestro tiempo este esfuerzo de los laicos por asentar su fe en la inteligencia y su espiritualidad en el dogma. A menudo nos han preguntado: “¿En qué doctrina revelada se fundamenta la espiritualidad familiar? Queremos nutrirnos de verdad, no de poesía. Anúncienos la enseñanza de Cristo y de la Iglesia; no pedimos más, pero tampoco menos.”

Este articulo intentará darles respuesta. Confesemos que no es fácil. Por una parte, tropezamos con los manuales de teología; preocupados por defender la institución contra los ataques que le vienen de fuera, o de recordar a los hogares cristianos el mínimo indispensable, se aplican más a la sociología y a la moral que a la espiritualidad y al dogma, De modo que resultan un poco inermes ante las llamadas de nuestros jóvenes matrimonios, y se conforman con recordarles algunos principios generales de perfección cristiana, sin contestar a la verdadera cuestión: “¿ Qué relación existe entre el amor humano y el amor de Dios?”

Por otra parte, tropezamos con una dificultad más grave puesto que se refiere al propio tema; si el matrimonio contiene algo que es divino, si es vínculo posible entre Dios y el hombre, resulta que es “misterio”; es, pues, imposible pasarlo por la criba de la inteligencia humana; por profundo que sea el análisis, siempre dejará escapar – y es preciso que lo deje escapar – un residuo suprarracional, sobrenatural. Más allá de toda explicación, se extenderá siempre un “no man’s land” <Tierra de nadie>, una “tiniebla divina”, como dicen los místicos, que la razón no puede franquear, y en el que solo la oración debe aventurarse. Pero esta limitación no ha de desanimarnos; un camino vallado no es un camino sin salida; más bien nos invita a pasar de la reflexión a la contemplación. Solamente Dios habla bien de Dios. Sin embargo, Dios nos ha dicho, en lenguaje humano, algo del misterio. Y esta revelación se encuentra toda ella condensada en esta pequeña frase, tan sencilla unida en apariencia: <El matrimonio es un sacramento.> Éste es el estuche que encierra la joya de valor incalculable. Vamos a entreabrirlo.

Contiene más riqueza que todos los apelativos con que la imaginación de los hombres ha querido revestir al amor.

I. EL MATRIMONIO ES UNA GRACIA DE JESUCRISTO

 

 

¿Qué es un sacramento? Ante todo es un acto de Jesucristo. Tras los objetos, los ritos, las fórmulas con que cada generación ha realzado (y a veces recargado) la liturgia sacramental, tras el rostro de este sacerdote cuyas manías e imperfecciones humanas percibimos con demasiada claridad, está Otro que bendice, que absuelve, que consagra. La persona del ministro se borra y desaparece cuando confiere un Sacramento; su dignidad o indignidad importa poco; Jesucristo se sirve de este instrumento tan atascado aún en el barro original, como cuando hace tiempo tomaba barro del camino o agua de un río. San Agustín, utilizando un contraste verdaderamente sorprendente, decía, refiriéndose al Bautismo: <Tanto si es Pedro quien bautiza como si es Judas quien bautiza, siempre es Jesucristo quien bautiza.,

Gracias del amor

Así ocurre también en el matrimonio. Dos seres humanos se acercan una al otro. Ponen sus manos una en la del otro; ponen sus almas, sus vidas, una en la del otro.

¿Quiénes son? Son remolinos de aspiraciones y de instintos, tumultos de veleidades y de incumplimientos. ¿Qué se dan? Su humanidad tal como es, su vida tal como será, a medio camino del bien y del mal, Quienes les acompañan, que son <gente de experiencia>, se sonríen de <sus ilusiones> O les compadecen; saben que la vida se encarga de disipar las más generosas quimeras.

Tendrían razón si no hubiera un Tercero que entra en juego. Pues es el mismo Jesucristo quien viene a sellar la unión de estas dos criaturas. Todo matrimonio, como todo sacramento, es conferido por Jesucristo. Importa poco que el sacerdote-testigo sea “Su Ilustrísima Tal”, “el Rev.

Cual” o un vicario desconocido; es Cristo quien casa a los jóvenes esposos, y son ellos mismos quienes le sirven de ministros. Entonces todo cambia. Esta unión humana, este amor de arcilla, el Señor mismo lo toma a su cargo.

En el combate de cada día, contra todas las fuerzas que amenazarán su intimidad, los esposos serán sostenidos por otra fuerza, la misma que sostiene los mundos en el espacio, porque es también la fuerza creadora de su voluntad y de su amor. “La fuerza con que te amo, dice la Prouheze de Claudel, no es distinta de aquella por la cual tú existes.” Dios destinaba estas criaturas, hechos de tierra y de alma, la una para la otra; el día en que se prometen darse la una a la otra mediante el Sacramento, Él declara solemnemente que ésta es también su Voluntad, y que de ahora en adelante estará con ellos para ayudarlos en la lucha.

Porque la sombra luminosa de este misterio va a albergar la vida entera de los esposos. Jesucristo no sólo estará junto a ellos, sino también en ellos; quiere, desde dentro, purificar y ennoblecer cada instante de su vida conyugal. Los esposos tienen, según dicen los teólogos, “un derecho estricto a las gracias de su estado”; no nos dejemos engañar por el aspecto jurídico de estas palabras, que parece resbalar por la superficie de las cosas; este derecho es más que una certidumbre, es una Presencia, es Dios trabajando en su vida.

¿Podríamos detallar algunas de las gracias que Jesucristo propone sin cesar a los esposos cristianos? Adoptan las mil formas del día que transcurre y del amor que crece, pero podemos, sin embargo, indicar sus principales directrices.

 

Curación

Jesucristo concede ante todo a la unión conyugal una gracia de curación. Los prometidos a quienes hablamos de “curar el amor” se quedan con los ojos muy abiertos. Esto les ocurre porque lo viven sobre todo en imaginación; su amor se les ofrece como una visión del Paraíso. Y en cierto sentido el amor es verdaderamente un Paraíso; de todas las cosas humanas es el mejor vestigio del gozo primigenio y el mejor anuncio del gozo eterno; pero al igual que el Paraíso, ha de merecerse y conquistarse. Antes de alcanzarlo, : ¡cuántos intentos, cuántos desánimos, cuántas reanudaciones, cuántos fracasos! Un amor humano es un amor herido; los que han vivido lo saben bien. Se le ha de curar la fiebre carnal, sujeta al arrebato y al capricho; se le ha de curar de esta enfermedad espiritual que es el egoísmo; el deleite de ser amado degenera muy fácilmente en la exigencia de ser servido. Para devolver al cuerpo su papel de servidor, para abrir el alma a la generosidad y a la hospitalidad, Cristo está presente, como Samaritano siempre alerta que levanta al caído y le cuida. Por la gracia del matrimonio, algo de Jesucristo pasa a nosotros, apacigua nuestra carne, la hace partícipe de la transparencia del cuerpo glorioso, dilata nuestro corazón, enseñándole a abrirse y a darse.

Transfiguración

Esta gracia interior de curación y de purificación no es la única. Mejor dicho, no es más que el germen de otra gracia de ennoblecimiento y de transfiguración. Por la gracia de Cristo el amor aprende no sólo a mantenerse, sino a superarse. Se supera por el renunciamiento total a sí mismo y por el sacrificio al otro. El Cristianismo se sostiene todo él entre la noche del Viernes Santo y el alba de la Pascua, es decir, en un misterio de muerte y de resurrección. Morir para resucitar, ésta es la ley de la vida cristiana, y ésta la del amor cristiano. ¡Cuán patético y apasionante sería seguir de cerca, día por día, estas muertes y resurrecciones en que el amor revive los misterios de Cristo! Renunciar a la propia conveniencia y a la propia comodidad para que otro sea más feliz, es morir y resucitar; renunciar al bienestar de su presencia para que el otro cumpla lejos de casa una misión necesaria, es morir y resucitar, aceptar que sufra, si ha de salir mejorado por el sufrimiento, es morir y resucitar; consentir en ser incomprendido, ignorado, quizá olvidado, si por medio de este suplicio se merecen las gracias que uno necesita, es morir y resucitar. Aquí es cuestión de superar la simple mortificación del egoísmo; se trata a veces de renunciar al más normal de los deleites, al más legítimo, al más exigido por el corazón humano: el de saberse y sentirse amado.

Hasta ese punto conduce Jesucristo a sus discípulos. jOh, no, la gracia conyugal no es una gracia de comodidad Y de facilidad! Dios no es blando con aquellos a quienes ama. Pero los esposos que han atravesado esas crisis, esas tinieblas, saben que su amor resurge de ellas más vivo. Y para los que lo miran desde fuera, basta con comparar dos hogares, uno en que reina el amor perezoso, otro en que reina el amor laborioso o crucificado; se ve en seguida de qué lado está la grandeza. Y aun cuando no sean pagados aquí en la tierra, saben que más allá de la última muerte, la que libera del lastre terrestre, encontrarán el amor definitivo y total. Muertes y resurrecciones cotidianas, muerte y resurrección final, siempre es el mismo misterio de Cristo, y por tanto el misterio de Cristo en el hogar.

 

Fecundidad

Gracia de purificación y gracia de transfiguración, la gracia sacramental del matrimonio es, en fin, una gracia de fecundidad. La palabra puede parecer trivial. Desear un hijo es un instinto normal del amor.

¿Cómo pueden transformarlo la llamada y la gracia de Jesucristo? Se podría contestar que Jesucristo invita a los esposos a tener el mayor número posible de hijos; pero eso no siempre es cierto (hay matrimonios involuntariamente estériles, y otros obligados a limitar los nacimientos); y aunque fuese cierto, no sería suficiente: la llamada de Jesucristo es algo muy distinto de un premio a la cantidad. Por la gracia de la fecundidad, lo que cambia es el sentido mismo del nacimiento. Dar una forma visible a “una sola carne” del amor, hacer saltar a ese amor el paso de la muerte, fortificar la vitalidad de la patria, perpetuar la comunidad y la especie, todo esto constituye la grandeza y la necesidad humanas de la procreación, sigue siendo valedero para el amor cristiano. Pero éste añade un nuevo valor: se trata nada menos que de dar hijos a Dios. Frase extravagante exorbitante, que, sin embargo, expresa bien el alcance cristiano de la generación; aclara de golpe el sentido de la procreación, pero sobre todo aclara el de la educación; procrear consiste en hacer un hombre educado, hacer crecer a ese hombre en el que hay no sólo una infinidad de posibles en el orden humano, sino también otra infinidad divina: la gracia del Bautismo. Los padres, colaboradores de Dios y corredentores con Jesucristo, tienen la misión no sólo de despertar en su hijo el sentido de Dios, sino de modelarlo poco a poco a semejanza de su Hermano divino cultivando las gracias de Su Bautismo. La gracia del matrimonio les da el corazón de Dios, las manos de Dios para ir realizando, días tras día, esta obra maestra: un hijo semejante a su Hijo.

Esta exploración de las gracias esenciales del matrimonio – purificación, transfiguración, fecundidad – nos permite ya una conclusión: El primer acto de una espiritualidad conyugal consiste en creer en estas gracias. En el Evangelio, cuando el Señor se disponía a hacer un milagro, exigía la fe: «¿Crees?.. Vete, tu fe te ha salvado.> A quienes se unen en matrimonio (un amor logrado es también un milagro) no les pide otra cosa: ¿Creen que yo estoy entre ustedes, trabajando por su amor? ¿Creen que a cada instante les estoy ofreciendo poder para superarse?> Y cuando dos jóvenes se dicen “Sí” el uno al Otro, en realidad es a Jesucristo a quien responden “sí”.

II.  EL MATRIMONIO ES UNA OFRENDA A JESUCRISTO

Estas últimas líneas nos llevan a considerar el Sacramento del Matrimonio, no ya de la parte de Dios, sino de la parte del hombre. Porque si un sacramento es una actividad de Jesucristo, simultáneamente, por parte de quien lo recibe, es un acto externo y visible de donación a Jesucristo. Los sacramentos, que son signos de gracia, son a la vez signos de fe. Y esta segunda realidad sacramental no es menos rica de espiritualidad que la primera. En el caso del matrimonio, ¿en qué consiste esta “fe” de los esposos? Intentaremos definirla en sus diferentes niveles, que podemos llamar, para mayor claridad: cooperación, compromiso y consagración.

 

Cooperación

Las gracias del matrimonio son estériles si no hay cooperación por parte de los esposos. La fe que Jesucristo exige de nosotros no es una simple, efusión del corazón, ni una vaga adhesión de principio; es una voluntad de actuar. Aquí nos encontramos con una extraña delicadeza del plan divino; esta llamada a la libertad del hombre, este respeto ante la criatura, es ciertamente un signo del amor. Si Dios no quisiera más que ser servido, no tendría más que mandar; pero quiere ser amado; es necesario que se le escoja, que se le prefiera, que se vaya en su sentido porque ha decidido hacerlo. “El hombre propone y Dios dispone”, pero también puede decirse que Dios propone y el hombre dispone; éste es el orden del amor.

¿En qué consiste, en el matrimonio, esta cooperación sin la cual las riquezas espirituales del sacramento quedarían escondidas e improductivas? ¿Se trata de buscar por encima o fuera de la vida conyugal una perfección sobrehumana? Algunos esposos se engañan en este punto, y en su hogar se respira un aire rarificado, una especie de “olor de santidad”, que les pone y nos pone en una situación incómoda. La verdadera santidad es algo muy distinto de esa tensión del espíritu y de los nervios, que mata la espontaneidad. La santidad del amor es el mismo amor. Entendámonos; quiero decir que para cooperar en las gracias conyugales basta (;y no es poco!) con amarse cada día más y siempre mejor. Así, pues, procurar una mayor intimidad de los corazones es cooperar; darse corporalmente con respeto y amor es cooperar ; desarrollar la vida espiritual del cónyuge, educar a los hijos, trabajar por los hijos en la profesión o en el hogar, todo eso es cooperar a la gracia sacramental del matrimonio. No queramos calzarnos las botas, ni queramos andar en punta de pie; ropa y zapatos bajos es el traje de la vida; por andar así vestidos no iremos ni menos de prisa ni menos lejos. Puede decirse que el nivel espiritual de un hogar se mide sencillamente por la intensidad, la delicadeza y la plenitud de la intimidad. Desde el primer día, el amor y la gracia están en juego; la gracia invita a un amor mayor, y un amor mejor nos abre más ampliamente a la gracia.

 

Compromiso

Pero esta cooperación no se reduce simplemente a la respuesta de cada instante, a las gracias de cada instante, incluye desde un principio y para siempre toda la vida entera. A este carácter global, incondicionado, “totalitario” de la respuesta humana le llamaremos el compromiso.

Forma parte de la misma noción de sacramento; en la latinidad clásica, “sacramentum” significaba “juramento”, y designaba especialmente el juramento militar, el que vinculaba la vida del soldado al Estado; este sentido ha quedado subyacente en un estado de vida: el Bautismo, la Confirmación y el Orden. Por ellos, no sólo nuestros actos, sino nuestras vidas y nuestras mismas personas pasan a pertenecer a Jesucristo. En el matrimonio es la vida conyugal – mejor sería decir el ser conyugal – lo que se vincula a Jesucristo y pasa a pertenecerle sin condiciones.

Para comprender el alcance de este compromiso, hagan un inventario de su propiedad conyugal, y digan cada vez: “Nuestros cuerpos son de Jesucristo; nuestros hijos son de Jesucristo; nuestra casa es de Jesucristo; nuestros bienes son de Jesucristo…” ¿No creen que a este paso puede llegarse muy lejos?

Mucho más lejos incluso de lo que piensan; pues no son solamente nuestros actos voluntarios, nuestros actos santos, los que llevan el signo de Jesucristo; es nuestra vida, nuestro ser, incluso cuando somos pecadores. Un bautizado, un confirmado, un sacerdote, incluso cuando desean formalmente lo contrario, no pueden borrar la marca indeleble, este <carácter>, como lo llaman los teólogos, que los ha comprometido con Jesucristo. Siguen siendo para siempre sus discípulos, sus testigos, sus ministros.

Lo mismo ocurre con los esposos. Mientras dure el vínculo conyugal, es decir, durante toda su vida, dura también su compromiso con Jesucristo, y en su existencia, nada puede escapar a esta gracia y a esta responsabilidad. Se comprometen con Jesucristo tan enteramente como se comprometen el uno al otro. Su unión lleva un sello indeleble; ha de parecerse progresivamente, de una manera cada vez más perfecta, al amor de Jesucristo por ellos; si se quedan a mitad del camino, si se contentan con un amor “como los demás”, si pretenden hacer dos partes en su vida conyugal: la de Dios y la suya, faltarán a su promesa, y no podrán alcanzar más que un amor mutilado, enfermo, cuyo fracaso final no hará más que resaltar la alta vocación a la que habían sido llamados.

 

Consagración

La cumbre de esta vocación, la cima de este compromiso, se alcanza en el tercer nivel que hemos llamado la consagración.

En efecto, no basta con que la fe de los esposos coopere con cada una de las solicitaciones de la gracia; no basta con que comprometan su vida y se comprometan ellos mismos sin condiciones y sin límites. Todo esto está al servicio de una misión, la más alta que pueda cumplir un ser humano: el culto y la adoración. Rendir al Padre “homenajes” en el sentido de la dependencia total que esta palabra tenía en la Edad Media, hacer remontar hacia Él el amor que nos ha dado y que nos comunica la vida, ésta es la tarea del hombre, y no es ciertamente una tarea de esclavo, sino de hijo, pues incluye tanta ternura como su misión, tanto agradecimiento como humildad.

Para este derecho al culto, para esta función sagrada más que ninguna otra, los sacramentos son los que nos dan el poder eficaz para ejercitarlos.

El Bautismo nos confiere derecho de ciudadanía en la iglesia, y nos permite participar en la oración y en el sacrificio de Jesucristo. La Eucaristía nos hace entrar en esta oración y en este sacrificio, que constituyen el mayor acto de culto. El Orden introduce más aún al hombre en el Santo de los Santos, y le permite hablar a Dios en nombre de la humanidad. Si se considera atentamente cada uno de los sacramentos, se ve que todos ellos favorecen nuestro retorno a Dios, nuestra adoración amante y penitente.

Lo mismo vale para el matrimonio. Instaura una “vida consagrada”, para decirlo con el título de un hermoso libro. Es decir, una vida que no sólo viene de Dios y va hacia Dios, sino que incesantemente se, vuelve hacia Él en un fluir de agradecimiento, de alabanza y de arrepentimiento.

Por el Sacramento, el matrimonio no sólo para el queda santificado, sino consagrado, es decir, apto para el culto divino, tal como un vaso “consagrado” es el que puede utilizarse para efectuar un oficio litúrgico. Y en esta consagración hay ciertamente una parte de Dios: la elección, el signo, la marca que Él mismo pone sobre el objeto o el ser que reserva para sí; pero también hay una parte del hombre: la voluntad sin cesar renovada de hacer remontar hasta su origen, las alegrías, las penas, los trabajos, los amores… el amor. La fe de los esposos que piden a Dios que les una, ha de llegar hasta ese punto.

Añadamos que no rinden este culto sólo por ellos. El hombre es el sacerdote de la Creación; ha de rendir homenaje por todo el Universo, la liturgia nos da buen ejemplo de ello cuando introduce en la oración las luces, los colores, los perfumes, los mismos elementos de la Creación. Y así también los sacramentos, con su aparato visible y sensible, tienen un sentido que no siempre se percibe bajo su simbolismo: el de hacer remontar a Dios el Canto del Mundo.

En el matrimonio, ¿en qué se convierte esta función universal? Sin duda en esto: el hogar cristiano ha de hacer remontar a Dios no sólo su amor, sino todo amor. Y de círculo en círculo, de profundidad en profundidad, eso alcanza a todo el Universo. Existe el amor santo y consagrado de todos los que aman bajo el signo del sacramento; existe el amor pecador y aberrante de todos los que mutilan el rostro divino de la ternura; existe el amor profano, o que se cree tal, pero cuyas luchas, aflicciones y esperanzas llevan poco a poco el olvido del camino de Dios al corazón de los hombres. Y por debajo de la misma Humanidad, ¿no encontramos acaso el obscuro y hormigueante trabajo del instinto animal al servicio de la vida? Así, desde todos los límites del mundo, el impulso que aproxima a todos los seres vivientes florece en el alma del cristiano para dar gloria al Creador.

 

“Laudem gloriae” ; ésta es la misión a la que los sacramentos consagran al hombre, y el Sacramento del Matrimonio al hogar cristiano.

 

III.  ESTE MISTERIO ES GRANDE

Cuando se dice que el matrimonio es una ofrenda de Jesucristo al hogar y una consagración del hogar a Jesucristo, la simetría queda ya satisfecha, pero todavía no se ha dicho todo. Nos falta aún penetrar en la última intimidad del misterio, o por lo menos, desde el umbral, echar una mirada hacia la sombra sagrada.

El sentido del misterioPero para esto hemos de cambiar de método, Hasta aquí hemos analizado el matrimonio para expresar, en términos claros y racionales, algunos de sus caracteres esenciales. Ahora hemos de abandonar nuestra razón razonadora, que ya no puede llevarnos más lejos. Se trata de evocar más que de describir, de penetrar mediante la intuición más que de discernir mediante conceptos. Para quienes se asusten de semejante empresa, recordemos que en otros muchos campos se recurre a esta especie de mirada espiritual, para descifrar el secreto de las cosas o de los seres.

Es el caso del artista que ve, bajo las apariencias más insulsas, brillar un relámpago de belleza. Es el caso del amante que contempla en su amada “esta maravilla invisible para los demás”, como dice Mauriac. Es el caso del místico, para quien cualquier cosa es una revelación de Dios y una huella de su paso. Es nuestro propio caso, el de todos, cada vez que superamos los datos de nuestros sentidos o los razonamientos de nuestra inteligencia para enfrentarnos con las realidades espirituales, ya sean` humanas o divinas. Intuición poética, adivinación amorosa, sentido de lo sagrado, todos los experimentamos más o menos cuando el universo se nos convierte en este <bosque de símbolos> de que hablaba Baudelaire. El mismo Jesucristo ha utilizado este método y nos invita a esta contemplación en sus parábolas : Aprendan de los pájaros y de los lirios del campo… Un hombre tenía dos hijos…> De modo que cualquier realidad material o humana es, para una mirada atenta, el signo revelador de una maravilla divina.

Damos por descontado que tienen esta mirada, esta lucidez suprarracional y con ello los invitamos a contemplar nuevamente el “misterio del matrimonio”.

Esta palabra misterio está reservada en el lenguaje cristiano a la vida y a la acción de Dios: Hay un Misterio de la Trinidad, un Misterio de la Encarnación, un Misterio de la Redención. El Misterio evocado por el matrimonio, del cual el matrimonio es el símbolo: es el Misterio de Cristo y de la Iglesia. En la unión del hombre y de la mujer hay algo que recuerda la unión inefable del Redentor y de la Humanidad salvada. Esta semejanza no está solamente en el capítulo V de la Epístola a los Efesios, que es la carta magna del matrimonio cristiano; se encuentra en todo el Antiguo Testamento, el cual compara sin cesar las relaciones de Yahvé y de su pueblo a las relaciones de un esposo fiel y amante y de una esposa cada vez más apasionada, cambiante y arrepentida; se encuentra en los escritos de los místicos, los cuales para describir su unión con Dios utilizan palabras tales como éstas: amor, noviazgo, matrimonio. No es, pues, profanar el misterio de Cristo el expresarlo, por decirlo así, con filigranas, utilizando las expresiones del amor humano; por el contrario, es devolver a dichas expresiones su carácter de signos sagrados, de evocaciones divinas.

¿Es posible precisar, sin destruir el misterio, el que evoca el matrimonio la unión de Cristo y de la Iglesia?

Evocaciones del misterioEl matrimonio evoca primeramente algo como un misterio de intimidad.

La gran tarea del amor consiste en realizar progresivamente la unión en todos los planos: en el del cuerpo, en el de las inteligencias, en el de los corazones, en el de las actividades. Cuando se ha probado, se sabe que es difícil pero también se experimenta la alegría y la fuerza que de ello deriva. La unión de Cristo con sus miembros no es menos total ni menos difícil ni menos exultante. Dicha unión exige el mismo esfuerzo, y causa la misma alegría.

 

Esta unión de nuestro cuerpo con el cuerpo de Cristo no es menos evocada por la intimidad carnal misma a pesar de ser a primera vista tan humana y tan profana: fijémonos también en la Comunión eucarística, milagro de amor donde la carne del Hijo de Dios viene a transfigurar la nuestra y a prepararla para la resurrección final. El matrimonio evoca, además, la unión de Cristo y de la Iglesia como misterio de sufrimiento. Porque fue en la Cruz donde nuestro Redentor se unió para siempre a la humanidad; pero, ¿acaso esta boda sangrienta no tiene nada que ver con la experiencia humana? Los aprendices del amor descubren, estupefactos, la posibilidad de sufrir no solamente el uno después del otro, no solamente el uno para el otro, sino que también en sufrir el uno en lugar del otro; y, sin embargo, cuando se acepta humildemente esta manera de sufrir es cuando los más bellos horizontes del amor son descubiertos; amor y dolor, amor y sacrificio, amor y redención son otras tantas palabras relacionadas y como atadas para siempre. Unos esposos que meditan ante el crucifijo encuentran en él sus propias pruebas y comprenden mejor así <la anchura y profundidad> de la caridad de Dios.

El matrimonio evoca asimismo la unión de Cristo y de la Iglesia como misterio de profundidad. El amor no conoce fronteras, el amor quisiera proclamar su alegría a todo el mundo, hacerlo participar a todo ser viviente; su alegría irradiada por la pareja conyugal se proyecta sobre los hijos; de la familia pasa a todos los que se le acercan; del corazón de los que trabajan pasa invisiblemente a la obra que ellos crean y a los compañeros que se relacionan ¿Cómo no va a ser la imagen terrena de aquella inmensa fecundidad de Cristo y de la Iglesia, cuya caridad no conoce límites, que acoge indistintamente a ricos y a pobres, a personas distinguidas o a personas humildes, y que ofrece incesantemente su plegaria “Pro totum mundi salutex”, para la salvación del mundo entero?

Finalmente, la unión del hombre y de la mujer evoca la de Cristo y la de la Iglesia como misterio de gloria. Sin duda una vida familiar se ve cruzada por acontecimientos y por pruebas innumerables; pero en el fondo los esposos verdaderamente unidos saben que su amor es una fuente inagotable de alegría; saben que el mismo sufrimiento se les presenta como la esperanza y la manera de obtener un gozo puro y total; saben que más allá de las debilidades terrenas les espera una eternidad de amor que entonces su comunión entre ellos será fuerte como nunca lo fue aquí abajo. Todos esos goces del amor, esta gloria esperada, son la imagen de la profunda y secreta alegría que reina entre Cristo y la Iglesia; la Iglesia posee su Esposa y sabe que nada se la puede arrebatar; he aquí el secreto de su fuerza, pero también el de su gozo; ella sabe que debe sufrir, que debe purificarse sin cesar para ofrecerse más y más, pero también sabe que en este sufrimiento está contenida una promesa de gozar. La Iglesia sabe que después de la obscuridad de su amor en la tierra encontrará a pleno día Aquel que es su amor y cuyo rostro nunca jamás dejará de contemplar. Gozo de una posesión que nada puede romper, esperanza de una contemplación eterna en la luz; entonces, ¿podría la Iglesia orar sin cantar?

Todo esto no es una ingeniosa explicación, no se trata de hacer literatura, Los que así creyeran sería porque nunca se han parado a considerar verdaderamente su amor, diríase que jamás le han echado una mirada. El amor ha sido dado al hombre para que en él encuentre un secreto divino: el misterio de los esponsales entre su Hijo y los hombres. He aquí la gran verdad.

 

Iniciación

¿Se trata únicamente de contemplar dicho secreto?

Mucho más: se le da para que el hombre penetre en él. Y con esto Dios dirá la última palabra sobre el amor humano, aquel amor que nosotros podemos repetir, pero no explicar. El amor consagrado por el matrimonio está destinado a hacer que botar en nuestros corazones algo de aquella caridad divina que une a Cristo con la Iglesia; el matrimonio cristiano no es solamente una imagen o una parábola del misterio, no existe solamente para hacerlo comprender mejor, sino para hacerlo vivir mejor. El matrimonio hace entrar el misterio en nosotros y a nosotros nos hace entrar en él. Cuando un esposo ama a su esposa <como Cristo ha amado a la Iglesia>, cuando una mujer ama a su marido con aquella veneración tierna y aquella sumisión amante con la cual la Iglesia trata al que es Cabeza, los esposos realizan entre ellos algo de este gran misterio, cumplen o realizan la redención, se unen en el mismo amor de Cristo y de la Iglesia. Cuando ellas dan nacimiento a sus hijos, cuando los educan con la misma solicitud con que Cristo formó a sus apóstoles, cuando irradian alrededor de ellos el amor que les vivifica, entonces participan de la inmensa misión de Cristo y de la Iglesia, evangelizan y salvan el mundo.

El matrimonio-sacramento no es pues, simplemente una imagen bíblica del misterio de Cristo y de la Iglesia al estilo de un <retrato en un espejo>, no solamente el matrimonio revela el misterio, sino que lo contiene. La unión de Cristo y de la Iglesia, que incluye la extensión del universo y que recubre toda la sucesión en el tiempo, se sostiene sin embargo plenamente, toda ella en la unión de los dos corazones que se aman. Ya que donde está el amor allí está también el secreto del mundo, allí está el misterio de Dios.

***

No podemos terminar mejor esta descripción y esta evocación del <misterio> conyugal que comparándolo con el sacramento que contiene en plenitud el misterio de Cristo: la Eucaristía. Porque si el Sacramento del Matrimonio por su simbolismo humano expresa mejor que cualquier otro la unión de Cristo y de la iglesia, su superioridad no está precisamente en esta expresión; por la comunicación del mismo misterio entonces el matrimonio se esfuma detrás de la Eucaristía. En la Eucaristía el corazón humano bebe el amor en su propio manantial; esto lo saben muy bien aquellos que renuncian al amor terrenal para consagrarse mejor a la Hostia. Pero también aquí el matrimonio puede ser el servidor, el iniciador discreto y eficaz: el matrimonio conduce a la Eucaristía por la experiencia de un amor trabajado por la gracia y habla de la Eucaristía a través de todo lo que posee y también a través de todo lo que le falta, El matrimonio encuentra en la Eucaristía lo que buscaría en vano en otra criatura aunque fuese santa: la infinitud del don y la plenitud de la vida. Pero esta humildad misma constituye su grandeza: «Yo soy la promesa que no puede ser cumplida», dice una heroína de Claudel. Pero es una gran promesa cuando uno se dirige hacia Aquel que la puede cumplir.

Henri Caffarel, L’Anneau d’Or, Numero 27-28, mayo-agosto 1949, p. 219 a 226 [artículo firmado también por André Joël].