Tú eres esperado

Cuando vamos a orar es preciso que tengamos la convicción de que Dios nos espera.

Una sensación de desasosiego nos invade cuando, al llegar a una ciudad desconocida (a un puerto, a una estación, a un aeropuerto), vemos que nadie nos espera. Por el contrario, si un rostro amable nos acoge, si hay unas manos que se tienden hacia nosotros, enseguida nos sentimos totalmente reconfortados, liberados de la dura impresión de encontrarnos extraviados, perdidos. Ya no nos importan entonces esas costumbres, esa lengua, toda esa nueva ciudad desconcertante Sipara alguien al menos somos un amigo, soportamos con entereza ser, para todos los demás, un extranjero.

Nos anima también descubrir en la casa, en la familia que nos hospeda, los signos que muestran que nos esperaban. No necesitan decir mucho para que lo adivinemos; su acogida una cierta calidad de atención, son suficientes. Y en nuestra habitación, esas flores, ese libro de arte (porque conocen nuestros gustos), son también una prueba de lo mismo.

Querría, querido amigo, que al ir a hacer oración tuvieras siempre la fuerte convicción de ser esperado; esperado por el Padre, por el Hijo, por el Espíritu Santo, esperado por la familia trinitaria, que tiene un lugar preparado para ti. Recuerda lo que dijo Cristo:

El Señor nos espera siempre.

Aún más: apenas hemos dado algunos pasos cuando ya viene él a nuestro encuentro. Recordad la parábola: Su padre lo vio de lejos y se enterneció; salió corriendo, se le echó al cuello y lo cubrió de besos», Y, sin embargo, ese hijo había ofendido gravemente a su padre. Eso no impidió que fuera esperado con impaciencia.

Henri Caffarel, Cahiers sur l’oraison, n.° 13