Ya no soy yo el que ora…

Comprendo perfectamente el sentimiento que te hace escribir: «Mi oración cotidiana me parece insignificante. No puedo imaginar que la oración balbuceante de una criatura minúscula interese al Dios perfecto e infinito» Tienes una conciencia aguda de la miseria de la criatura humana y de la majestad de Dios; es una visión de la fe preciosa y esencial; la gracia a no es ajena a ella. Pero hay otra visión de la fe que querría hacerte captar para darte una idea más alta de tu oración cotidiana, por muy pobre que te parezca.

Si te parece, situémonos primero a cierta distancia. Antes de hablar de tu oración, hablemos de la oración de Cristo. Bérulle, en una página que me gusta mucho, celebra el carácter único de la oración de Jesucristo:

Desde toda la eternidad existía un Dios infinitamente adorable, pero no había todavía un adorador infinito; había Dios digno de ser amado y servido, pero no había ningún hombre ni servidor infinito adecuado para darle un servicio y un amor infinitos. Oh Jesús, eres ahora ese adorador, ese hombre, ese servidor infinito en poder, en calidad, en dignidad, para satisfacer plenamente este deber y para rendirle este divino homenaje. Eres ese hombre que ama, adora y sirve a la majestad suprema como ella es digna de ser amada, servida, honrada.

Este texto nos hace pensar en Jesús retirándose a la soledad de las montañas, por la noche, para orar. Y sobre todo en el Calvario, donde su perfecta adoración ofreció a Dios un culto perfecto.

Cabría preguntarse: el culto perfecto del Hijo, esta oración de Jesús, ¿no ha vuelto vana la oración de los hombres, suplantándola definitivamente?

Podemos responder ya de entrada que esta oración de Cristo, lejos de dejar de lado las oraciones humanas, todas esas oraciones balbuceantes desde los orígenes de la humanidad, todos los sacrificios de todas las religiones y de todos los tiempos, las atrae, las incorpora, las ofrece a Dios y les hace encontrar en ella y por ella un sentido y una eficacia admirables.

Pero todavía hay una respuesta más impresionante. Cristo quiere que su oración resuene por todo el mundo, de la selva ecuatorial a los hielos polares, del extremo Oriente al extremo Occidente. Quiere que el más modesto cristiano en oración tenga algo mejor que ofrecer que palabras vacilantes y sentimientos inadecuados, que disponga de la misma oración del Hijo de Dios. Quiere que todos los hombres puedan recurrir a su oración, hacerla suya y presentarla a Dios.

Y todavía más: Jesucristo no solo quiere que su oración sea nuestra, como un bien en nuestras manos del que podemos disponer; la quiere implantada, entrañada en lo más profundo de nosotros mismos, en la raíz de nuestro ser, alma de nuestra alma y que podamos repetir con toda verdad junto a san Pablo: «Yo vivo, pero no soy yo…». Oro, pero no soy yo quien ora, es Cristo el que ora en mí. Es el Espíritu del Hijo, el Espíritu Santo, el que hace que resuene en mí el grito de amor filial: «¡Abba, Padre!». De este modo, la oración de Cristo, lejos de suplantar la oración de los hombres, la valora admirablemente.

De la misma manera en que, en la noche de Pascua, la llama del cirio pascual se comunica poco a poco a la multitud de pequeñas velas que están en las manos de los fieles, Cristo, por el bautismo, gana a los hombres uno tras otro a través del mundo y hace surgir en sus almas y de sus almas su oración filial.

En todos los bautizados, el Padre reconoce a su Hijo; en su oración, tan insignificante en apariencia, es la oración de su Hijo la que el Padre escucha.

Es Cristo quien ora en mí

Desde el inicio de su oración hagan un acto de fe en la misteriosa presencia de Cristo en ustedes que la Escritura nos promete: «Saben que yo estoy en mi Padre, y ustedes en mi y yo en ustedes» (Jn 14,20); «Cristo habita en sus corazones por la fe» (Ef 3,17).

Si Cristo vive en nosotros, Cristo ora en nosotros. Porque para Cristo vivir es orar. Únanse a él, hagan suya su oración, o más bien (los términos que acabo de emplear ponen demasiado el acento en su actividad) dejen que su oración se apropie de ustedes, los inunde, los eleve hasta llevarlos al Padre. No les prometo que lo perciban; les pido solamente que lo crean y que durante la oración vuelvan a darle y a renovarle su plena adhesión. Cédanle el puesto, todo el puesto. Que ella pueda apoderarse de todas las fibras de su ser, como el fuego penetra la madera y la vuelve incandescente.

Orar es realizar la petición que Cristo nos dirige: «Préstame tu inteligencia, tu corazón, todo tu ser, todo lo que en el hombre es susceptible de convertirse en oración, a fin de que yo pueda hacer surgir en ti la gran alabanza al Padre. ¿He venido para algo que no sea alumbrar el fuego sobre la tierra y que este se propague, transformando todos los árboles del bosque en antorchas vivas? Ese fuego es mi oración, consiente a ese fuego».

Cristo está tan presente en el pequeño bautizado como en el gran místico. Pero la vida de Cristo no está en el mismo estadio de desarrollo en el uno y en el otro. Si en el alma del pequeño bautizado vibra ya la oración de Cristo, todavía no está más que en germen, como una pequeña llama. En la medida en que nosotros cooperemos a lo largo de nuestra vida se intensificará y poco a poco tomará posesión de todo.

Nuestra cooperación consiste en principio en adherirnos, desde lo más profundo de nuestro querer, a la oración de Cristo en nosotros. Pero fíjense bien en el fuerte sentido que le doy a esa palabra; adherirse no designa un débil acuerdo ni una aceptación superficial, sino una entrega total, del mismo modo que un tronco que se entrega a la llama se convierte él también en llama.

Nuestra cooperación consiste, pues, en buscar, con toda nuestra inteligencia, en qué consiste la oración de Cristo en nosotros, sus componentes básicos: alabanza, acción de gracias, ofrenda, intercesión… para unirnos a ella más perfectamente. Me pedías temas de meditación, no conozco otro mejor.

Es posible que, durante mucho tiempo, el hombre de oración no sea capaz de descubrir esta oración de Cristo en él que su fe le garantiza y que con su meditación iría conociendo mejor. Llega un día, sin embargo -y no es necesariamente durante la oración-, en el que su alma la descubre. El hombre entonces se calla sobrecogido, teme espantarla, como se teme espantar al pájaro que ha venido a posarse en el alféizar de la ventana… Después, de repente, se da cuenta de que ha desaparecido, no sabe cómo, quizá durante un segundo de pérdida de atención y se siente triste. Había sido maravilloso encontrar esta oración en el fondo de sí mismo y había esperado recuperarla por la mañana al despertar y durante el día, cuando interrumpiera su trabajo. No hay que desesperarse: la oración de Cristo siempre está ahí, incluso cuando no llegamos a percibirla. Hay que volver a ella por la fe, y sobre todo no obsesionarse con tener de nuevo esa experiencia. Sería faltar al honor que se le debe a Dios ir a la oración por los dones de Dios y no por Dios mismo. El Señor, según su promesa (Jn 14,21), se manifestaría con mayor frecuencia si no estuviéramos más atentos a la espera de sus dones que a la de él mismo. Es seguro que la gracia de percibir la oración de Cristo volverá a nosotros. Quizá incluso, una vez recuperada, esta oración ya no se nos escapará jamás, a condición de no querer poseerla, como renunciaríamos a capturar al asustadizo pájaro en nuestra ventana.

Si el alma llega a estar perfectamente desposeída, muerta a sí misma, entonces podrá sentir lo que san Ignacio de Antioquía expresaba en términos inolvidables en su carta a los Romanos, escrita al final de su larga vida apostólica en el barco que le conducía al martirio: «Mis pasiones han sido crucificadas, ya no hay en mí apetito por las cosas de la tierra. Pero un agua viva murmura dentro de mí y me dice: «Ven al Padre»».

Henri Caffarel, Cahiers sur l’oraison, Série Initiation VI