El rostro alegre y dulce de la Iglesia

A un hogar de los Equipos de Nuestra Señora se le pidió que se ocupara de unos «chaquetas negras» (blousons noirs) [1]  . Se abrió a ellos —no sin discernimiento— y resulta que para estos muchachos la experiencia resultó extraordinaria. Descubrieron una realidad que no sospechaban: un hogar de amor. Para algunos, esto fue la sanación, la plenitud.

Y es que el hogar cristiano, para cumplir su misión apostólica, dispone de recursos excepcionales de los cuales quisiera invitarlos a hacer un inventario, pues temo que la costumbre los lleve a perder de vista estas riquezas prodigiosas que son suyas, y de las cuales es necesario que sean buenos administradores para tantos «pobres» a su alrededor.

Ilustraré mi argumento con testimonios extraídos de una de las encuestas del año pasado: el apostolado del hogar.

Hoy me limitaré al apostolado en el hogar, reservándome hablarles en otra ocasión del apostolado fuera del recinto familiar.

Sus riquezas son de dos tipos: riquezas humanas y riquezas de gracia.

Riquezas humanas primero. La primera, fuente de todas las demás, la más valiosa: su amor conyugal. Bien lo había comprendido aquel de ustedes que, en su respuesta a la encuesta, escribía: «Un hogar apóstol debe ser un hogar enamorado. Única manera de despertar el deseo (de dar envidia) en la gente que quisiera estar allí». Pero su amor conyugal ha fructificado: de él han brotado estos amores múltiples, estos valores poco comunes: amor paternal y ternura maternal, amor filial y amor fraterno, que hacen del hogar cristiano un lugar único en el mundo. Y este rostro del hogar, según las horas y las estaciones, ofrece aspectos sumamente variados: comidas y veladas, días de trabajo y días de fiesta, horas dolorosas, horas alegres (cantadas).

A veces parecen ignorar hasta qué punto esto es algo desconocido para muchos seres. Para el niño de la Asistencia (pública), para el estudiante negro, para el hogar que tiene dificultades… entrar en una familia así es descubrir un nuevo mundo. «Una empleada doméstica árabe, no cristiana, al ver una mañana a nuestro hijo de veinte años abrazar respetuosa y afectuosamente a su madre, comenzó a llorar diciéndole a mi esposa: “¡Qué suerte tienes!”.  Asimismo, un ambiente de este tipo restablece el equilibrio interno de quienes son acogidos en el hogar. Allí, finalmente, su corazón, hasta entonces privado de amor, se alimenta y empieza a vivir. Aunque recorrieran el mundo, en ninguna parte encontrarían el equivalente a estas riquezas de un hogar donde la gente se ama.

Del amor humano al amor divino la transición, para los huéspedes del hogar, se hará imperceptible. Así como se remonta un río hasta su fuente, el conocimiento del amor humano los llevará a vislumbrar el amor divino, esa vida trinitaria que el amor de un hogar refleja, y que es la fuente viva de todo amor. Una familia donde se es uno como el Padre y el Hijo son uno, hace presentir el misterio de Dios, familiariza con él, por así decirlo. Tanto mejor cuanto que estas realidades divinas se expresan allí mediante el lenguaje más inteligible, más universal, el lenguaje internacional por excelencia: el amor. Un hogar en el que las personas se aman dice tanto, ¡incluso a quienes no conocen el idioma!

Se puede ignorar el idioma del hogar al que se entra, pero no se puede dejar de comprender su mensaje si en ese hogar se aman los esposos, y se aman también los padres y los hijos. Este hogar donde se aman, incluso si no sabe que debe su amor a Cristo, revelará otra verdad fundamental: que Cristo, allí donde está presente, sana, reconcilia y trae la paz. «Nuestro amor, escribe uno de ustedes, debe proclamar a todos la victoria de Cristo sobre el mal». Una joven le decía a su hermana mayor, esposa y madre desde hace ya seis años: «¡Si alguien dudara del amor, bastaría con verte a ti para estar tranquilo!».

El hogar cristiano no se limita a ofrecer sus riquezas humanas, a dejar vislumbrar verdades capitales; también dispensa a sus huéspedes las riquezas de gracia de las cuales vive. Son estas riquezas las que ahora debemos mencionar brevemente.

Su gran riqueza espiritual es la presencia de Cristo que hace de esta comunidad familiar una «pequeña iglesia» según la expresión de San Juan Crisóstomo. «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos», y Tertuliano añade: «Cuando dos están juntos, allí está la Iglesia». Y sin duda esta presencia de Cristo y de la Iglesia permanece invisible. El musulmán o el judío que acuden al hogar lo ignoran, pero su ignorancia no impide que Cristo actúe en ellos. Los propios cristianos, y a menudo también los sacerdotes, experimentan un gran beneficio espiritual al frecuentar un hogar así. Escuchen este testimonio: «Un religioso que había permanecido algún tiempo en una familia numerosa durante un período de descanso, le dijo al despedirse a la dueña de casa: «Usted no se imagina el consuelo y la paz que puede proporcionar el contacto con una familia como la suya. Creo que si un sacerdote atraviesa una crisis, como ocurre a veces alrededor de los cuarenta años, no tiene mejor manera de recuperar su equilibrio que participar durante algún tiempo en la vida de una familia cristiana»».

Este misterio de Cristo y de la Iglesia envuelve e impregna a quien permanece en el hogar.  Muchos de ustedes nos comparten la renovación y la profundización de la vida cristiana, así como las conversiones que a veces se han obrado en sus casas. «Una de nuestras empleadas domésticas, que solo pasó un año con nosotros, provenía de un ambiente cristiano de montaña donde el traslado a la ciudad significaba una descristianización fatal. Ella aprendió con nosotros cómo la vida cristiana puede insertarse en el contexto de la gran ciudad, y nos dejó siendo jefa de lobatos (niños exploradores). Su ejemplo causó un gran impacto en su pueblo natal. Otra, proveniente del medio popular de nuestra gran ciudad, inculta en todos los aspectos y no practicante, se convirtió con nosotros en militante jocista (JOC – Juventud Obrera Cristiana) y responsable de un grupo que ella misma formó. Esto suponía en ambas una participación completa en la vida familiar: comidas en nuestra mesa, conversaciones compartidas, participación voluntaria y libre en la oración familiar, asociación también en la educación religiosa de los niños más pequeños, y asistencia a su catequesis».

Después de este rápido inventario de sus riquezas humanas y espirituales, comprenden que se pueda decir del hogar que es un «instrumento de apostolado excepcionalmente eficaz». Allí, la gracia y las riquezas divinas toman para comunicarse las realidades humanas más modestas y a la vez más entrañables: todas esas riquezas de amor de las que hablábamos hace un momento. ¡Qué pobre es, en cierto sentido, el individuo-apóstol aislado en comparación con el matrimonioapóstol! Ciertamente el sacerdote que visita al enfermo, el que absuelve, dispone de poderes excepcionales para transmitir la gracia. Pero, ¡qué austero es su rostro humano! En cambio, ¡qué seductor es el rostro de la familia cristiana! Uno de ustedes lo ha dicho en términos admirables: «El hogar cristiano es el rostro alegre y dulce de la Iglesia».

Por eso hay que afirmar que, providencialmente, el hogar cristiano es trascendente (o puente) en el camino hacia la Iglesia. Allí, sin saberlo, el no creyente toma un primer contacto con ella, el pecador experimenta su misericordia, los pobres y los abandonados descubren su maternidad. Todos aquellos que jamás habrían ido directamente al sacerdocio y a los sacramentos son conducidos suavemente a ellos por mediación del hogar cristiano.

A la inversa, el clero puede confiar a estos hogares cristianos a los seres frágiles y marginados, catecúmenos, neófitos… que para florecer y progresar en la vida cristiana necesitan arraigarse en esta primera comunidad religiosa que es la familia: «Como nos conocen como hogar cristiano, sacerdotes y religiosas nos envían con bastante frecuencia a personas solas y desamparadas que necesitan este puente que constituye la célula familiar antes de poder ser incorporadas a un conjunto más amplio, como la parroquia. A menudo se trata de personas a quienes la vida ha traumatizado. Necesitan calor, presencia humana. Lo que vienen a buscar sobre todo es un clima de seguridad garantizado por un ambiente sano».

Para cumplir bien esta misión de la Iglesia que es el apostolado por el hogar y en el hogar, los cristianos casados deben tener gran cuidado en acrecentar sus riquezas humanas y espirituales, en presentar a quienes los frecuentan esas virtudes que constituyen el encanto y la gracia de la hospitalidad cristiana. Si vamos a creer a uno de ustedes que me parece muy severo: «nuestros hogares cristianos, incluso cuando son un éxito en el plano humano, buenos matrimonios, con demasiada frecuencia son tristes: la «virtud triste» está un poco demasiado extendida, en particular en los E.N.S. (Equipos de Nuestra Señora). Es inútil esperar en estas condiciones un apostolado eficaz por parte de estos hogares-apagados». Otros agregan: «Para ser radiante, un hogar debe ser sencillo, verdadero, enamorado y alegre». «El hogar debe dar testimonio de una alegría discreta, que dé la impresión de haber sido adquirida gracias a los esfuerzos de todos y de conservarse solo mediante su buena voluntad; así, quienes han sido privados de algún bien por la vida no sentirán celos y tomarán su parte de alegría».

Así, la pareja cristiana y la familia aparecen ejerciendo, por su apostolado de acogida, una «función de mediación» entre el mundo y la Iglesia jerárquica. Esta es una palabra muy grande, pero, después de todo lo que les acabo de decir, ¿no es acaso la que mejor conviene?

Henri Caffarel, Carta mensual de los Equipos de Nuestra Señora, enero de 1962

[1] [Nota del Tracuctor: El verano de 1959 fue conocido en toda Francia como «el verano de los blousons noirs», la subcultura francesa inspirada en la cultura anglosajona, especialmente en el rock and roll, las motos y la imagen de chaquetas negras (blousons noirs es «chaquetas negras»).]