El amor, más fuerte que el sufrimento
¡Qué fácil es, entre intelectuales alrededor de una mesa, disertar sobre el sufrimiento! Cuánto más difícil es hablar de ello cuando se tiene delante de sí seres que sufren en su corazón y en su carne, ¡espíritus desconcertados por el enigma del sufrimiento! Se teme profundizar una herida abierta. Un sacerdote, que participa en nuestra peregrinación, escribía muy acertadamente: «El sufrimiento no es primero una cuestión sobre la cual se diserta, es siempre el sufrimiento de alguien».
Mi inquietud se vuelve más grande aún, al pensar que entre ustedes se encuentran quizá almas rebeldes. Imposible no plantearse la pregunta: ¿Lograrán mis palabras reconciliarlas con Dios, o van a alejarlas más de Él? Ante tal riesgo, le he pedido a María que rece, tanto por todas ustedes, como por mí.
No me escuchen con una razón analítica, siempre lista para discutir, para replicar, para objetar. El sufrimiento es un misterio. No puede sino desconcertar a una razón orgullosa que sólo confía en sus propios recursos. Sobre todo, no caigan en la tentación de erigirse en acusadores de Dios, de exigirle que se justifique; sino más bien, humildemente, como un niño pequeño con su padre, pídanle que las ayude a comprender.
Asimismo, les dejo treinta segundos de silencio a fin de que puedan pedirle a Dios que les dé un corazón humilde y filial, y que ponga sus palabras en mis labios.
A favor o en contra del sufrimiento
Un día, hace unos veinte años, vi llegar a mi casa a un joven profesor de la Sorbona enviado por un amigo. Indignado por haber sufrido demasiado pronto, apenas se sent en el borde del sillón me lanzó a quemarropa esta pregunta, que no me dejaba ninguna escapatoria: «Ustedes, los sacerdotes, ¿están a favor o en contra del sufrimiento?». «En contra», le respondí de inmediato. Visiblemente, no era esa la respuesta que esperaba; quedó un instante desorientado.
Pero después de todo, qué importa el punto de vista personal de un sacerdote; es el de Dios el que necesitamos.
Dirijámonos pues a Él: «Señor, ¿estás a favor o en contra del sufrimiento?». La respuesta no deja lugar a dudas: «Estoy en contra. — Pero entonces, Señor, ¿por qué envías sufrimiento a los hombres? — Cálmate, hijo mío; ¿por qué sacas todas tus garras? Acepta escuchar con un corazón atento».
No es hijo de Dios
El gran error es creer que el sufrimiento es la obra de Dios, hijo de Dios. Si lo fuera, la crueldad del hijo no podría ser sino un reflejo de la crueldad del padre. Pero no es así; no hay ningún parentesco entre el sufrimiento y Dios. Vean el paraíso terrenal, ese mundo totalmente nuevo salido de las manos de Dios donde el hombre y la mujer acaban de aparecer, maravillados ante esta creación que se les da como herencia: el sufrimiento es allí desconocido, será allí desconocido hasta el día del primer pecado. Tal es la enseñanza de la Iglesia.
Y luego piensen en ese otro Paraíso donde, por la eternidad, el Padre del cielo reúne a todos sus hijos. Ya no habrá más dolor. ¿Acaso no leemos en el Apocalipsis?: «Ya nunca más sufrirán de hambre ni de sed; nunca más se sentirán agobiados ni por el sol ni por ningún viento abrasador… y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos (7, 16-17). De un mundo donde Dios reina, donde su voluntad no encuentra oposición, el sufrimiento queda excluido.
Hijo del pecado
Y en efecto, el sufrimiento es hijo no de Dios sino del pecado. Adán y Eva pecadores lo comprendieron trágicamente ante el cadáver de su hijo Abel, muerto por los celos de su hermano Caín. Así, el primer pecado de nuestros primeros padres es la fuente de este río de sufrimiento que ha sumergido la tierra, y que vienen a engrosar cada día los sufrimientos nuevos engendrados por todos los pecados del mundo. Piensen en esos niños, en esos hombres y en esas mujeres víctimas de los bombardeos, víctimas de ese terrible pecado que se llama la guerra — la televisión casi a diario nos ofrece su odioso espectáculo.
Entre todos estos sufrimientos, miren el de Cristo en la cruz: ¿tiene acaso otra causa que no sea el pecado? El pecado del sumo sacerdote, celoso de su influencia, el odio de una multitud fanatizada, la cobardía de un funcionario romano, sin omitir nuestros propios pecados.
Dios, enemigo del sufrimiento
Porque el sufrimiento es hijo del pecado, Dios lo aborrece. Sería tan ilógico atribuirlo al Señor como atribuir al artista las puñaladas con las que su cuadro ha sido lacerado. Absurdo, el sufrimiento es un escándalo para la inteligencia de Dios. Cuánto más para su corazón: ¿cómo el corazón de tal padre no estaría indignado ante el dolor de uno de sus hijos, ya sea que este hijo sea su Hijo o uno de nosotros?
Pero entonces, dirán ustedes, ¡que Dios suprima el sufrimiento! — Para suprimirlo, habría que suprimir su causa, el pecado; y para suprimir el pecado, suprimir la libertad del hombre. Ustedes mismas tendrían un medio infalible de evitar que su niño travieso se rompa la pierna: sería atarlo. Pero al igual que ustedes, Dios no quiere atar a sus hijos; pretende educarlos, enseñarles a usar bien su libertad, a riesgo de que caigan, se lastimen y hagan daño a los demás. Se encierra a los locos furiosos, así como a los criminales, para impedirles dañar, pero no se puede, después de todo, encerrar a los pecadores: la tierra se convertiría en un inmenso campo de concentración…
Esos sufrimientos no imputables al hombre…
Es muy posible que una objeción surja en sus mentes, que una u otra de ustedes tenga ganas de decirme: usted habla de aquellos, innumerables, que soportan sufrimientos cuya causa es el pecado: víctimas de la guerra, niños maltratados, esposas abandonadas, familias en duelo por la imprudencia de un conductor… pero hay otros sufrimientos que no se pueden imputar a los hombres.
Conozco bien esta objeción; me fue lanzada en condiciones tales que nunca la he olvidado. En París, en el metro en una hora pico: he aquí que un borracho viene hacia mí, me muestra, en su periódico todo arrugado, un título en letras enormes relatando los desastres causados por un ciclón en no sé qué región de la tierra. Y me interpela: «¿Cree usted, señor cura, que habría cosas así si hubiera un buen Dios?». Les confieso, sin orgullo, que me encontré de repente con una razón imperiosa para bajar en la estación siguiente — no teniendo muchas ganas de dar una conferencia sobre el sentido cristiano del sufrimiento ante los viajeros intrigados, que asistían al diálogo del borracho y del joven sacerdote.
Debo admitir que la objeción es incómoda. Y no me atrevo a decirles lo que Dios habría hecho para apartar los cataclismos en una humanidad sin pecado. No estoy, sin embargo, lejos de reaccionar como el borracho que, en su lógica de buen hombre, razonaba así: Cuando no estoy demasiado borracho, no le pego a la mujer ni a los niños; si existiera un Dios bueno, sería seguramente mejor que yo, no le pegaría a la gente. Pero, mientras que él llega a la conclusión de que el sufrimiento existe, es que Dios no existe, yo pienso: puesto que mi Dios es todo amor, y amor todopoderoso, no habría tenido dificultades en alejar el sufrimiento de una humanidad sin pecado. Mantengo pues firme mi certeza extraída de la Biblia: es a consecuencia del pecado que apareció el sufrimiento en el mundo.
Cristo frente al sufrimiento de los hombres
La reacción de Cristo ante el sufrimiento de los hombres fortalece aún más mi convicción.
Recuerden: «La gente empezó a llevar a todos sus enfermos a Cristo en todos los pueblos donde entraba y todos los que lo tocaban quedaban curados» (Marcos 6, 56).
Recuerden además esta escena que, estoy seguro, les es muy especialmente querida: A la entrada de un pueblito, se oyen flautistas y lloronas; y he aquí que Jesucristo y los apóstoles se cruzan con un cortejo fúnebre. Jesús mira: una mujer sola sigue la camilla donde un muchacho joven está tendido; ya ella había perdido a su marido, y su hijo único acaba de morir. El Maestro se conmueve, nos dice el Evangelio. Resucita al muerto, y «se lo entrega a su madre».
Piensen además en ese episodio inolvidable: ante el dolor de Marta y de María, Jesús estalla en sollozos y resucita a su hermano. Jesucristo, de eso no cabe duda, se presentó en la tierra como el enemigo del sufrimiento. Miles de seres fueron liberados por Él de las garras del dolor. Su amor no solamente lo llevaba a compadecerse, a compartir la pena de sus hermanos sufrientes, sino también a liberarlos. Quien no reacciona como Él no es su discípulo. Y si un cristiano no se siente escandalizado por el sufrimiento, yo me siento escandalizado por ese cristiano.
Pero entonces, ¿por qué la gente piadosa nos repite, cuando sufrimos, que hay que aceptar la voluntad de Dios? — Esta forma de hablar, lo reconozco, se presta a confusión y yo no la empleo nunca. Volvamos a Cristo. No van ustedes a decir, después de todo, que los verdugos cumplieron la voluntad del Padre al crucificarlo: cometieron el más espantoso de los crímenes. La voluntad del Padre no es que su Hijo sea torturado, sino que, torturado consienta al sufrimiento que le inflige el pecado y demuestre así su invencible amor por los hombres.
Cristo y la cruz
«Si Dios está en contra del sufrimiento, si Cristo lo combatió, ¿por qué se nos invita a amarlo?». Es la otra pregunta que me hizo, no sin vehemencia, el joven profesor del que les hablaba.
Recuerdo aún su gesto patético señalándome el crucifijo colgado en la pared de mi despacho: «Cuando pienso, me dijo, que ustedes sienten la necesidad de colgarlo en todas sus paredes, de plantarlo en el cruce de todos nuestros caminos, de izarlo hasta la cima de las montañas para urgirnos a amar el sufrimiento…».
A lo cual respondí: «Usted le hace decir al crucifijo lo contrario de lo que significa. Lejos de predicarnos la bondad, la amabilidad, la inteligibilidad del sufrimiento, la cruz proclama alrededor del mundo la definitiva victoria de Cristo sobre el sufrimiento y sobre la muerte».
Tenemos que detenernos para reflexionar sobre esta afirmación aparentemente contraria a la evidencia diaria. Aquí hemos llegado al corazón del misterio cristiano. Veamos cómo se comporta Cristo ya no ante el sufrimiento de los demás, sino ante el que se ensaña con Él. Se presentó bajo la forma de la cruz, cuyos dos brazos extendidos parecían decir: ¡no se pasa! Él podía fácilmente haber escapado de ella, dar media vuelta. Pero no, no se dejó desviar, avanzó hacia la cruz. ¿Será que encuentra bueno el sufrimiento, que lo ama? ¡Ciertamente no! Le horroriza, ese hijo del pecado. Tiembla de espanto ante él. Pero entonces, ¿por qué se apresura hacia el Calvario, por qué tiene tanta prisa de que llegue su «Hora»? Piensen en un novio que se arroja a las llamas para salvar a la mujer que ama; no dirán que ama las llamas; es a su novia a quien ama. No es la cruz, el sufrimiento, lo que Cristo ama, sino al Padre que lo llama y a la humanidad que quiere salvar, de la cual está impaciente por convertirla en su esposa. Sí, su sacrificio es ciertamente la victoria del amor sobre el sufrimiento y sobre el pecado que es su fuente. He aquí lo que proclaman los crucifijos de nuestras iglesias, de nuestras casas, de nuestros campos.
Hablo de victoria del amor, sería más justo aún hablar de una revancha del amor sobre el sufrimiento. ¡Qué revancha, en efecto, hacer del sufrimiento — hijo del pecado, del rechazo del amor — la ocasión de un amor más grande! Porque es muy cierto que en el sufrimiento el amor se supera a sí mismo. En ese sentido se puede decir que se vuelve bueno, inteligible, fecundo, pero en realidad no es él, es el amor que él provoca y estimula lo que es bueno, inteligible, fecundo.
Crucifijos engañosos, crucifijos auténticos
Reconozco que hay crucifijos que nos inducen a error. ¿Han notado que existen dos tipos de crucifijos?: los que se califican de «realistas», y los que se designan con el término de «místicos»
Los crucifijos realistas, lamentablemente los más numerosos, representan a Cristo despojado, su cuerpo cubierto de heridas, retorcido de dolor, coronado de espinas; su objetivo principal es conmovernos, despertar nuestra compasión. Parecen expresar el triunfo del sufrimiento.
Afortunadamente hay otros que anuncian la victoria del amor: los crucifijos calificados de místicos, que se encuentran sobre todo en Oriente: Cristo vestido con una túnica, una corona imperial sobre la cabeza, los ojos bien abiertos, los brazos horizontales. A veces el rostro es impasible, a menudo deja filtrar una misteriosa alegría, la alegría de aquel que dijo: «Hay más felicidad en dar que en recibir» (Hch 20, 35).
¿Cómo dudar, en efecto, que Cristo en la cruz haya sentido, en lo más íntimo de su ser, una intensa alegría en la hora en que brotaba de su corazón traspasado la fuente de una felicidad infinita para todos los hombres? Sí, su cuerpo sufría horriblemente pero su corazón estaba habitado por la alegría de amar, rebosaba de ella. ¿No han tenido ustedes mismas, un día u otro, esta experiencia de la cohabitación en ustedes de la alegría y del sufrimiento? Aquellas entre ustedes que han dado a luz a sus hijos, ¿no han conocido juntas el dolor de la carne y la alegría de dar la vida? Por lo tanto, hay que afirmar que no solo sufrimiento y alegría pueden cohabitar, sino que existe una misteriosa alegría de sufrir por amor. Tal fue la alegría de Cristo en la cruz.
Creer en el amor compasivo de Dios
Cómo una viuda cristiana puede reaccionar en su terrible prueba, he aquí de lo que me toca ahora hablarles, a la luz de lo que acabo de decirles sobre el sentido cristiano del sufrimiento.
Ustedes saben que su Dios no es un Dios impasible sino infinitamente compasivo, aquel mismo que se conmovía ante el sufrimiento de los cuerpos y de los corazones, que tenía piedad de las multitudes, que repetía: «Vengan a mí, todos ustedes que están cansados y agobiados y yo les daré descanso» (Mt 11, 28). Como ya todo ha cambiado, ¿no es verdad? cuando para nosotras Dios ya no es el ser del que imaginamos que nos acecha para sorprendernos en falta, sino aquel que se compadece, que, me atreveré a decir, se disculpa por haber dejado que el sufrimiento se acercara a nosotras. Bernanos supo expresar esto en términos conmovedores. Él habla de una madre junto a su niño muerto — pero sus palabras se aplican igual de bien a la esposa cuyo marido acaba de exhalar el último suspiro. Cito de memoria: «Una mamá esconde una última vez su rostro en el hueco de un pequeño pecho que ya no latirá. De repente ella se endereza. La Voz divina, la Voz que ha lanzado los soles por la inmensidad, así como una mano lanza semillas, la Voz acaba de murmurarle dulcemente: «Perdóname. Algún día lo sabrás, lo comprenderás, me darás las gracias. Pero ahora, lo que espero de ti, es tu perdón, perdóname».
Sufrimiento, ofrenda de amor
Si se dejan guiar por Cristo, Él las invitará, dulce y pacientemente a superar igualmente este estadio del sufrimiento aceptado y vivido bajo su mirada compasiva. Él les propondrá una actitud más semejante a la que fue la suya en la hora de la Pasión. Él las ayudará a hacer de su sufrimiento la ocasión de un amor más grande; hablo primero, por supuesto, del cruel sufrimiento de la separación, pero también de esos mil sufrimientos que son sus consecuencias y que no tengo que enumerar, ustedes los conocen demasiado bien. Sí, a lo largo del día el amor puede crecer en su corazón, las preocupaciones, las penas, las dificultades pueden ser la ocasión de una ofrenda de amor, de una victoria de su amor hacia Dios.
Tal vez me dirán: Así como era fácil aceptar y llevar los sufrimientos cuando éramos dos, así parece difícil ahora que estoy sola. Tienen razón: «No es bueno que el hombre esté solo», está escrito en la primera página de la Biblia. Tienen razón, pero precisamente no están solas. Cristo, es verdad, no resucita a aquel que las ha dejado, pero las invita a descubrir siempre mejor su misteriosa presencia a su lado. No fue mi menor asombro, a lo largo de veintiséis años de ministerio con las viudas, constatar la fuerza y la alegría que les aporta el amor de Cristo.
No es que la presencia de Cristo haya sustituido pura y simplemente a la de su marido. Muchas les dirían que primero fueron a Cristo para encontrar a su esposo y que poco a poco (a veces de un día para otro) el amor del Señor se les apareció como una gran realidad, la gran realidad. Cristo se convirtió en su amigo. Pero muy lejos de eliminar a su marido, Él hizo su amor conyugal más fuerte que la muerte; y aquel que había sido su compañero de ruta se convirtió en su compañero de eternidad.
Y ciertamente la sensibilidad está de ahora en adelante privada de las dulzuras de una ternura humana; sigue siendo cruel no poder refugiarse en los brazos de un hombre al que se ama; pero en el fondo del corazón habita una alegría muy pura pues en el fondo del corazón hay dos amores, indisociables, intensamente vivos, el de Cristo y el del marido.
Les he mostrado sucesivamente a Cristo comprensivo, compasivo, cercano a la viuda que acaba de perder a aquel que ama, ayudándola a llevar su sufrimiento. Luego se lo he mostrado proponiéndose discretamente como el amigo, el compañero de ruta, invitando a la viuda a hacer de su sufrimiento una victoria del amor. Su ambición, o más bien su amor desea más todavía.
Es Cristo quien sufre en mí
Escúchenlo decirle a aquella de la que se ha hecho amigo: No quiero contentarme con caminar a tu lado, quiero vivir en ti, sufrir en ti, amar en ti y por ti. La victoria de mi amor sobre el sufrimiento, quiero ganarla de nuevo, pero esta vez en ti, por ti. Hay en el mundo un rechazo de amor tan enorme hacia el Padre del cielo, es necesario que en ti y por ti yo le dé un excedente, una sobreabundancia de amor. ¿Quieres permitirme continuar, en ti y por ti, mi gran tarea redentora? Un día podrás decir en toda verdad como mi apóstol Pablo: «Vivo, pero ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí…» (Gál 2, 20); sufro, amo, pero ya no soy yo quien sufre, ya no soy yo quien ama, es Cristo quien en mí ama y sufre.
Escuchar a su marido
¿Puedo pedirle a cada una de ustedes, en este mismo momento, que se vuelva hacia su marido vivo junto a Dios y que lo escuche: «Mi alegría y mi orgullo serían grandes, les dice él, si Cristo pudiera hablarme en estos términos: Has despertado un corazón de mujer al amor, le has enseñado a darse; he aquí que en ella el amor ha triunfado sobre el sufrimiento; y aquella que en otro tiempo había dejado padre y madre para seguirte, he aquí que ahora no duda en responder a mi llamado cuando a mi turno le digo “Ven y sígueme”; he aquí que ella coopera en mi misión de salvador del mundo como ella se dedicaba, hace algunos años, a tu misión de hombre».
Permitan a su marido conocer esta alegría y este orgullo.
Pero el pensamiento me viene, de repente, de aquellas cuyo marido no fue practicante, de aquellas cuyo marido puso fin a sus días. Oh, les ruego, no pongan límite a la misericordia divina. Atrévanse a creer que su fe, su amor, sus oraciones, tanto las de ayer como las de hoy, le han obtenido, cuando apareció ante el Señor, una acogida misericordiosamente paternal.
Nunca más un hijo
Durante esta conferencia no he dejado de evocar su sufrimiento de esposa ahora sola en la tierra. Pero sé bien que otro sufrimiento oprime el corazón de muchas de ustedes; pienso especialmente en las más jóvenes que esperaban tener otros hijos: el sufrimiento de la soledad se duplica para ellas con el sufrimiento de una esterilidad prematura. Pienso también en todas aquellas que no han tenido hijos.
Que miren y escuchen a Cristo. Él les muestra a su Madre al pie de la cruz. Ella no tendrá otro hijo según la carne, pero porque en ella el amor consiente muy perfectamente al sacrificio, he aquí que una maternidad nueva, espiritual, le es ofrecida, que ensancha su corazón a las dimensiones del mundo. Y a lo largo de los siglos, hijos innumerables vendrán a recurrir, y nunca en vano, a su ternura maternal. A todas ustedes igualmente, Cristo les propone una maternidad espiritual. Ella aportará a su vida de viuda un sentido nuevo, fecundidad, plenitud. Sin embargo, hace falta que entren con un corazón diligente en esta misión nueva.
Una maternidad espiritual
Es exaltante pensar que podemos dar la vida, pero ¿qué hacer? se preguntarán ustedes. No se trata primero, no se trata tanto de «hacer» sino de «ser». Si el amor en ustedes es más fuerte que el sufrimiento, emanará de ustedes una luz sobrenatural. Cerca de ustedes uno se sentirá como seguro, en confianza. Y verán a los seres que sufren — ¡Dios sabe que son numerosos! — venir a ustedes, en busca de consejos, de valor, de comprensión y de amistad fraterna.
Esta amistad, mejor aún que sus palabras, les hará comprender que Dios no es el autor del sufrimiento sino un Padre infeliz de ver sufrir a sus hijos. Aprenderán que ya no hay que tener miedo de Dios — ese miedo que retiene a tantos seres de acercarse a Él, porque temen sufrir demasiado.
No solamente darán luz y fuerza a los que sufren, los ayudarán a crecer en amor, sino que harán retroceder, sobre la tierra, el imperio del sufrimiento. ¿Quieren un ejemplo? Lo tengo de una pareja que había invitado a cenar a una viuda amiga. En la velada, he aquí que marido y mujer se dejan llevar a intercambiar en su presencia algunas palabras un poco agrias. Entonces a ella se le escapa como un gemido: «¡Ah! ¡no, eso no…!». Algunos años más tarde ellos recordaban todavía el tono con el que ella había pronunciado esas palabras que significaban: Les suplico, ustedes que tienen la suerte de estar juntos, no echen a perder su amor.
Pienso además en lo que yo llamaría una maternidad colectiva de las viudas. Uno desearía que, superando su propio sufrimiento, superando el círculo restringido de los sufrimientos que las rodean, las viudas recordaran a la humanidad las innumerables angustias que a través del mundo piden auxilio. Uno desearía que todas las viudas de la tierra, unidas, lanzaran ante los crímenes de guerra y la amenaza de un gigantesco conflicto un gran clamor: «¡Ah! no, ¡eso no…!».
Pero, mejor aún que una proclamación ante los pueblos, poderosa y eficaz es la intercesión de las viudas. Comprendan, se lo ruego, que su prueba es una invitación de Dios a una vida de oración. ¡Oh! sé bien que en sus vidas sobrecargadas es difícil encontrar tiempo para la oración — aunque aquellas que lo quieren verdaderamente lo logran, tengo tantos ejemplos. Pero es su vida entera, tareas familiares y profesionales, preocupaciones y alegrías, lo que debe hacerse oración, ofrenda, intercesión. ¡Qué no obtendrían las viudas para nuestro mundo amenazado, si todas asumieran plenamente su vocación de oración!
Que, durante esta peregrinación, su oración esté muy presente. Mientras que ustedes están aquí en Lourdes, Pablo VI por su parte acaba de llegar a Fátima para suplicar a Dios que conceda la paz al mundo. Que su oración se una a la suya.
Cristo un día, ante una madre que oraba por su hija enferma exclamaba: «¡Oh mujer, ¡qué grande es tu fe!» (Mt 15, 28). Que Él pueda maravillarse ante la fe de las 4500 viudas que son ustedes, venidas en peregrinación a Lourdes de diez países, y exclamar como hace veinte siglos: «¡Oh! mujeres, ¡qué grande es su fe, que se haga según su deseo!».
L’Anneau d’or, n.° 137, septiembre-octubre 1967
L’Anneau d’Or ha reproducido aquí el texto de una conferencia pronunciada por el P. Caffarel en Pentecostés de 1967, en Lourdes, ante un auditorio de 4500 viudas.
